YA ESTAMOS tan acostumbrados a los números que nos olvidamos de lo que se agazapa tras ellos. Nos pone los pelos de punta saber que en el último puente fueron 98 los muertos en la carretera. Pero dentro de un par de meses seguro que ya ni nos acordamos. Y mucho menos de que desde el 2000, en las mismas fechas festivas, han sido 675 personas las que se han dejado la piel y el alma en el asfalto. Han sido 675 padres, madres, hijos, hermanos, amigos, vecinos, esposas, maridos, compañeros de trabajo... Han sido 675 vidas con todo lo que las rodea. Perdidas. Pero, lo dicho, son cifras. Balances. Y aunque pesen como una losa a poco que uno se ponga a pensar en ellos, sólo cuando tocan de cerca llega el gran mazazo. ¿Y si nos grabásemos esos números en la cabeza? A fuego. ¿Y si evitásemos que se nos esfumaran de la mente como un tanteo de baloncesto? ¿Y si los tuviéramos presentes cada vez que nos ponemos al volante? En todas y cada una de las ocasiones. Quizá así pudiésemos sacar algún tipo de enseñanza de tan negro listado. Porque a lo mejor así nos asustamos de una vez por todas (675). A lo mejor así dejamos de ser unos bobos peligrosos conduciendo (675). A lo mejor así nos damos cuenta de lo que llevamos entre las manos (675). A lo mejor así borramos las imágenes de cristales rotos, ataúdes de acero y sangre en el asfalto (675). A lo mejor, así, dejamos de jugar con la vida. Y la salvamos (675). Ojalá.