Aprendizajes

EDUARDO CHAMORRO

OPINIÓN

UNA VEZ vistas con mayor o menor claridad las dificultades de que el Gobierno, cualquier Gobierno, ofrezca un plan de educación que no sirva con prioridad a la promoción de sus ideas uber alles , alguien debería ocuparse de las escuelas e institutos convertidos, de un modo u otro, en escenografía del delito. Hace un par de años escribí una pieza sobre los malos tratos a los profesores y la impunidad con que cualquiera les podía arrear un guantazo. Uno de ellos me llamó por teléfono para reprocharme lo que yo había escrito, no porque fuera erróneo, mal intencionado o falso, sino porque lo que yo señalaba era precisamente lo que el maestro debía sufrir en silencio, según el crítico de mi pieza. No sé que habrá sido de semejante alma de cántaro, capaz de confundir la responsabilidad de un oficio con las ganas de verse devorado por las fieras y transformado en mártir mudo, ensimismado y clandestino. Lo que sí sé es que las noticias escolares se van transformando, y no muy poco a poco, en una crónica siniestra de desmanes en la que el día menos pensado pillarán a un chaval con un revólver y dirá que es un llavero. Por ahora se limitan a ir por la vida con un teléfono móvil en el que graban las palizas que propinan a sus iguales, para luego pasarlas a sus colegas. Es un aprendizaje para la constitución de la horda y el ensayo de su liderazgo, y también puede ser un temprano meritoriaje para el ingreso en la industria del espectáculo. Quizá se encuentre ahí el argumento más subliminal y contemporáneo de lo que se espera de una escuela o instituto, desde el momento en el que los alumnos se han hecho al consumo de las ficciones cinematográficas y televisivas como si fueran documentales, es decir, como si la cabeza arrancada de cuajo pudiera aflorar de nuevo entre los hombros del desdichado, o como si el suicidio del acosado no fuera más allá del vahído o de una siesta cadavérica. Tal vez ya nadie sabe qué hacer. La Fundación Sánchez-Rupérez aconseja, entre otras cosas, que «los profesores hayan leído los cuentos o los libros que se trabajan en clase». Si aconsejar tal cosa se ha hecho imprescindible, entonces quizá estaría bien poner a los niños en un prolongado recreo y sentar a los maestros en sus bancos, por mucho que esa escena pareciera la de una comedia de fantasmas.