EN UN PARQUE de La Habana el régimen castrista erigió un monumento a John Lennon. El músico está sentado en un banco en actitud contemplativa. El conjunto escultorico es bello, bien realizado en bronce. Las gafas redondas son robadas con frecuencia. Dos policías vigilan permanentemente para evitar los hurtos oftalmológicos. Una noche habanera de febrero, con la luna colgada de un cielo caribeño del color del ron añejo, el ministro Abel Prieto, acompañado de media docena de jerarcas castristas de la cultura oficial, nos contaba a Almudena Grandes y a mí los avances de la apertura del régimen y como ejemplo revelador nos ponía por testigo el homenaje en bronce al músico británico que impertérrito parecía sonreír mientras Miguel Barnet elogiaba las virtudes del marxismo lennonismo. Se cumplen veinticinco años del asesinato en Nueva York del ex Beatle, de aquel genio provocador que pidió en un himno que le dieran otra oportunidad a la paz, y que escribió una canción que suena sin cesar en el archivo de mi melancolía: Imagine . Cuando en el año 70 se instaló en los almanaques un amigo me regaló un disco casi clandestino, de culto en el argot de los iniciados: Dos vírgenes . En la cubierta aparecía un desnudo frontal de John y Yoko; en la contra, la foto los retrataba de espaldas. Un coleccionista caprichoso me convenció para que le cambiara aquel long play por una vieja vespa. Así lo hice, y fue el culpable de que no volviera a conducir nunca más. El accidente no pasó de una caída y contusiones múltiples. Fiel a su memoria escribo para contar cómo aquella noche de diciembre del 80 se murió uno de los mitos de mi juventud y la luctuosa noticia escuchada en la madrugada fue el viento que pasó la página de un tiempo lleno de proyectos. Mi hijo mayor acababa de cumplir tres años y mi nana fue un recuerdo cantado de Lennon que tarareé para acercarle el sueño. Decidí de pronto que ya me había hecho mayor. Para siempre quedó grabada su música en la banda sonora de mi vida. Me había asomado a los Beatles en versiones en español de los Sprinters, un grupo de Ferrol que animaba las sesiones vermut de una sala de fiestas de mi pueblo, y en singles de Los Mustang. Después descubriría a John y junto con George Harrison los convertí en iconos de mi cultura musical trufada con un espíritu juvenil de provocación y rebeldía. Dejé de frecuentarlo y se quedó perdido en el picú a treinta y tres o cuarenta y cinco revoluciones. He vuelto a escucharlo, debe ser consecuencia de la edad, y en estos días fríos de aniversario me puse triste al recordarlo. El viejo John hoy sería un pensionista, un jubilado de 65 años. La nostalgia es, indudablemente, un error.