(Septiembre) Recibo con alegría las primeras lluvias de otoño. Tras el bombardeo informativo sobre la pertinaz sequía, me siento aliviado y fresco bajo las precipitaciones que harán descender (espero) las altas presiones mediáticas. Pero la tele no baja la guardia: «Estas primeras lluvias no significan nada. Las reservas apenas lo han notado». (Octubre) Sigue lloviendo, pero parece que sólo a mi alrededor. Brotan los consejos para ahorrar agua y siento la lluvia golpear contra la ventana de mi cuarto de baño donde intento liberarme del complejo de culpa por darme una ducha. (Octubre 2) Las inundaciones la arman en el Mediterráneo. Les cae todo el agua de golpe. Ya se sabe que estos excesos no repercuten en las reservas. Al menos no se habla de sequía, pienso mientras abro el paraguas. (Noviembre) Escucho en la radio del coche como la sequía amenaza con extenderse varios años y la ministra pide que nos preparemos. Pero tengo que bajar el volumen: debo concentrarme en el volante porque está lloviendo a cántaros y el limpia no da de sí ante semejante diluvio. (Diciembre) Examino diariamente mis manos ante el temor que me hayan salido membranas entre los dedos. Crece mi complejo de anfibio. Pero la radio insiste en la sequía, en que la lluvia caída no es suficiente. Así que me encamino al psiquiatra porque ya estoy convencido de que las goteras de mi casa son una alucinación y de que, en realidad, no ha llovido ni una gota en todo el otoño.