07 dic 2005 . Actualizado a las 06:00 h.

NINGÚN gallego en su sano juicio negaría el papel capital que las diputaciones provinciales juegan en la consolidación de su bienestar y en la construcción de un brillante porvenir común. Precisamente por ello, resulta de todo punto ociosa esa teima de los nuevos próceres bipartitos por que las cabezas sobranceiras de los cuatro nobles entes se pasen por el Hórreo a comentar sus finanzas. Qué mejor demostración de cabal manejo de los cuartos públicos que el proyecto puesto en marcha por la Diputación de Pontevedra para sementar la provincia de campos de fútbol con césped artificial. Nada menos que treinta estadios lucirán en otros tantos concellos, allá por el 2007, para alborozo del respetable, que sin duda se echará a la calle en camiseta, calzón y esférico, celebrando la buena nueva con los ojos inundados de lágrimas sinceras y agradecidas. De acuerdo, el salario medio se hunde en Galicia hasta el fondo de la clasificación estatal. Pero ¿y lo que anima el fútbol, compañeiro? Si no puedes con la factura del butano, que el niño le arree duro al balón, a ver si suena la flauta y nos retira. Cada alfombra de verde polietileno costará 415.000 eurillos, lo que redondea una inversión global de doce kilos y medio. Dice un ingeniero que hasta es posible que huelan a hierba de la buena, no sea que los mozos pierdan garra al no olisquear gramínea del país. Si esto no es emplear con sentidiño los recursos y converger a lo grande, que venga el alemán y lo vea. Y el catalán, ya puestos.