LA mujer sufre más estrés que el hombre, según un estudio. Un ejemplo: ella se levanta a las 7.30. Viste y da el desayuno a dos niños pequeños. Él, por las mañanas, no puede con el alma. Los lleva ella a la parada. Atraviesa la ciudad para llegar al trabajo. Fuma como una carretera. Empezó por ansiedad y ahora no puede dejarlo. Al mediodía, vuelta a por los niños. Me da pena que se queden a comer en el colegio, dice, mientras se consume. A la tarde, más trabajo y los abuelos recogen a los pequeños hasta que ella sale de la oficina. Hoy tocan horas extras sin un euro (ellos ganan más). El marido no le ayuda, porque martes y jueves juega al fútbol sala. Pasa por casa de los abuelos (maternos o paternos, gran discusión). Los niños están como motos. A bañarlos, darles la cena y acostarlos. Casi nada. Lo logra y, a punto de dormirse, se le enciende una luz: tengo que preparar la comida de mañana. Él llega cascado del fútbol y, como mucho, friega los platos y lo vende mil veces. Si ella cae enferma, es una histérica. Va sola al médico. Si a él le duele un dedo, el fin del mundo. Ella tiene que acompañarlo. Él también cambia bombillas. Le convenía a ella cambiar bombillas y que él hiciese lo demás. El estrés sería cosa de hombres. cesar.casal@lavoz.es