SI EL PARLAMENTO no refleja el ambiente político de un país, no sirve para nada. Y si los plenos funcionan como balsas de enfriamiento para las grandes polémicas, jamás contarán con la atención de la ciudadanía. Por eso carece de sentido este modelo parlamentario en el que se da prioridad a las formas sobre el fondo, y en el que siempre resultan insoportables las monsergas didácticas que nos endilgan los presidentes. Si Marín fuese menos narcisista y tuviese más autoridad, el Congreso de los Diputados sería un foro más útil y atractivo. Y si Dolores Villarino tuviese más fe en la mano izquierda que en el reglamento, y no adoptase medidas de control de carácter preventivo, seguramente se evitaría la suicida tentación de cambiar su cuestionada autoridad moral por el Código Penal. Los hemiciclos y los recintos parlamentarios no son ollas a presión en las que todo queda bajo control. Y los ciudadanos no somos tan elementales como para no saber a quién hay que pasarle factura cada vez que se rompe la corrección formal de los debates. Pero si el presidente no sabe flexibilizar el debate y el ambiente en función de las circunstancias, sería mejor que dirigiese las sesiones un ordenador, o un funcionario del grupo B. Porque para acabar cayendo en el clásico error del reglamentismo - summum ius summa crux - quizá fuese más barato y más útil un sargento de la Guardia Civil. Si el speaker de los Comunes usase los criterios de Marín o Villarino, desalojarían a diario el Parlamento de Westminster. Si la Kneset de Israel se gobernase como nuestro Parlamento, se le retiraría la palabra a todos los diputados. Y si nuestros parlamentos fuesen algo más vivos, seguramente no habrían enterrado el caso Gal sin un solo debate, ni habrían mantenido una oposición choromicas que se pasó tres lustros diciendo que Fraga y los periódicos le ahogaban su discurso. ¿Y por qué suceden las cosas así? Pues, en lo que a mí se me alcanza, por falta de cultura parlamentaria. Porque se confunde la controversia y el follón con la crispación política, y porque nadie advierte que, merced a nuestra inexperiencia parlamentaria, somos el país de Europa que tiene los parlamentos más estériles y aburridos, mientras derivamos el debate a las tertulias y a la calle. No se trata de echarle una mano al PP. Sólo se trata de advertir que o aprendemos a hacer parlamentarismo vivo y moderno, o seguiremos escuchando discursos que huelen a formol y a retórica decimonónica. Si el árbitro lo pita todo, no hay partido. Y si la presidenta convierte los debates en una balsa de aceite, no hay política ni parlamento. Y no creo que sea ninguna ventaja tener diputados con horchata en las venas.