Soñadores para un pueblo

OPINIÓN

EL DISCURSO del editor de este diario en la entrega del premio de periodismo Fernández-Latorre al historiador Ramón Villares no fue una intervención circunstancial. En el actual contexto público, constituyó una proclama de valores y de incitaciones que van más allá de lo inmediato y de lo cercano. Por lo que se refiere a Galicia, hubo en sus palabras una apuesta por una vasta integración y convergencia que ha caracterizado a las grandes construcciones de los Estados y a las sociedades maduras, donde el pluralismo no implica incompatibilidad, ni la competencia y capacidad emprendedora es localismo rival. En el fondo, sin manifestarlo, era una reivindicación de la independencia que se necesita para decir lo que se piensa de lo que se ve y lo que se vislumbra para un futuro. Compromiso, desde la libertad, por lo que se siente como común y alejado de lo que ha dado en llamarse políticamente correcto. «No tengo soluciones», vino a concluir, en un gesto de honestidad, aunque señaló algunas pautas. Hemos de encontrarlas entre todos. España se encuentra en una encrucijada, en parte creada por una artificiosidad partidista que se manifiesta en el ahondamiento de una brecha que separa las posiciones de los que siguen el curso de la vida pública, en medio de la indiferencia y pasividad de gran parte de la sociedad, sólo turbada por paros y huelgas o manifestaciones pacíficas. Había algo de ensoñación en el discurso. El recuerdo se me fue, por ello, al drama Un soñador para un pueblo, de Buero Vallejo. Encontré la cita que buscaba en las palabras de Carlos III a Esquilache: «España necesita soñadores que sepan de números». El Rey continúa su parlamento hablando del sueño de «una reforma moral». Y añado, al hilo del discurso que comento, que no arranque las raíces de lo que nos ha constituido como comunidad a lo largo de la historia. Desarraigo dramático que estamos contemplando en los disturbios de Francia. Fallan los espacios primeros de la convivencia que hemos llamado siempre familia, donde el afecto es clave. Y los más amplios en los que la educación queda desguarnecida de toda trascendencia y de ideales de servicio. Hacen falta soñadores que no se despeguen de la realidad, pero que no sean por ella aprisionados. Y es tan fácil ahogar ideales en el cómodo regazo del pragmatismo, o, lo que es más deleznable, disfrazar de ideal lo que es un mero cálculo. La disciplina de partido se impone a las convicciones. Pasó en el PP con motivo de la guerra de Irak. Está pasando en el PSOE con el Estatuto catalán. Se puede soñar con la reforma del Estado, como se hizo al aprobar la Constitución. Nada habría que objetar a que se planteara de nuevo ahora si tal propósito no estuviese lastrado en su impulsor por la necesidad coyuntural de sobrevivir en el ejercicio del poder. Nada que objetar a determinadas reformas en la sociedad que eviten discriminaciones y fomenten la solidaridad, siempre que no destruyan o erosionen las bases de la convivencia y se impongan desde un unilateralismo ideológico. En esto no podemos seguir al despotismo de la ilustración. Puede no coincidirse con pretensiones de nacionalistas. Pero ha de esperarse de ellos coherencia. Si se pone lo identitario como primordial, es difícil de entender que CiU y ERC acepten un Estatuto reformado a fondo o que el BNG dé su voto favorable a los Presupuestos del Estado por un «plato de lentejas». Se desinfla la ilusión en lo que defienden. El pueblo necesita soñadores, como también poetas y personas de pensamiento libre. Líderes realistas, no iluminados, no mercaderes de votos. Con visión de futuro y sentido de servicio, que no quede aherrojado por mantener el poder a cualquier precio. A punto de salir para su destierro. Esquilache dice al desengañado y desleal Ensenada de Buero Vallejo: «Ahora sé una cosa; que ningún gobernante puede dejar de corromperse si no sueña». Un discurso, sin duda, estimulante.