La explosión suicida

| CARLOS G. REIGOSA |

OPINIÓN

CUANDO uno mira al futuro y sólo ve un muro infranqueable, empieza a ser -quizá sin saberlo- un desesperado. Y en la medida en que ese futuro se prolonga como una percepción inmutable, uno se convierte en un desesperado-que-se-aburre-a-muerte. De ahí a quemar los miles de coches que han ardido en Francia media un paso, un pretexto, una justificación, un salto cualitativo, algo que necesitamos bautizar para aprehender lo que ni entendemos ni esperábamos, es decir, lo imprevisto. Hasta hace quince días, Francia presumía por todo el mundo de su modelo de integración. ¿Cómo explicarse que de repente haya saltado por los aires, hecho añicos? ¿Cómo admitir que habían estado incubando en su seno una bomba de relojería, mientras se vanagloriaban en los foros internacionales? No salen de su asombro y lo mismo aplauden la tolerancia cero del ministro del Interior que se echan las manos a la cabeza por el riesgo liberticida que detectan en sus propuestas. Nadie quiere las calles en llamas, pero tampoco desean pagar un precio excesivo por el retorno de una paz que sólo disfrace el drama, ya inevitablemente percibido. El verdadero problema es que nada de lo que sucede tiene remedio a corto plazo. Por eso ha hecho bien el primer ministro, Dominique de Villepin, al apoyar las prioridades de Nicolas Sarkozy: primero restaurar el orden y después redefinir las políticas sociales. Porque los que incendian los coches están disparando contra sus propios intereses, al presentar su peor cara, y favorecen, paradójicamente, a su peor enemigo, el ultraderechista Le Pen. Protestan del único modo -espontáneo y suicida- que saben hacerlo. ¡De tal magnitud es el fracaso integrador francés! Que no hay un remedio inmediato lo han reconocido la derecha -públicamente- y la izquierda -con su silencio-. Pero la Francia democrática y rica (aunque en crisis) no puede permitirse esos guetos de marginación. La solución es cara y lenta, pero nada sería peor (y más caro) que abandonar el liderazgo en la formación y la esperanza de esos jóvenes. Se convertirían en carne de cañón de radicalismos de toda clase. Y las explosiones suicidas se reproducirían.