AHORA que se ha puesto de moda revisar la transición para quitarle mérito a esa fase decisiva de nuestra reciente historia colectiva, me permitirán que, una vez más, me ponga en contra de la ola. Aunque corra el riesgo de que la resaca me golpee de lleno en los fociños. Creo que la transición, con sus luces y sus sombras, fue, vista en conjunto, una etapa histórica admirable, durante la cual se tomaron unas cuantas decisiones que se han revelado con el tiempo mucho más acertadas de lo que entonces cabía prever: entre otras, la de reinstaurar la monarquía. Por supuesto que, como buen racionalista, soy republicano. De hecho, en cualquier orden de la vida tiendo a creer más en el esfuerzo y en los méritos que en la sangre y en la herencia. Por si ello no fuera suficiente, sé también, por el trabajo de constitucionalista que desempeño desde hace muchos años, que las monarquías son en Europa una reminiscencia del pasado que se explican sólo por la historia de unos pueblos que hubieron de construir su libertad sobre las ruinas de las antiguas monarquías absolutas. Pero ni mi republicanismo, ni mi profunda convicción socialdemócrata, ni, en fin, mi profesión, me han hecho abdicar del convencimiento personal de que la monarquía juancarlista ha sido una fortuna para nuestro sistema democrático, para nuestra convivencia en libertad y para nuestra cohesión territorial. Por eso, más allá de la satisfacción que uno siente cuando ve a una pareja enamorada disfrutar con la alegría inmensa de un bebé, creo que la noticia del nacimiento de la hija de los príncipes de Asturias es una buena nueva para todos, salvo para los que no disfrutan nunca de las alegrías colectivas de su pueblo. Si todo marcha como es ahora previsible, antes o después, Leonor de Borbón Ortiz será reina de España en el futuro. Es verdad que ello podría exigir, antes o después, cambiar nuestra ley fundamental para hacer, también con la monarquía, aquello que Adolfo Suárez prometió un día que haría con España: convertir oficialmente en normal lo que en la calle es simplemente normal. Pero, visto el problema en perspectiva, y dada el consenso político y social existente en la materia, la reforma constitucional a esos efectos sería poco más que una cara incomodidad y una oportunidad para que algunos hagan el ridículo. Entre tanto, si los años que transcurren desde ahora hasta la hipotética llegada al trono de Leonor son tan buenos como lo han sido, en términos globales, los que llevamos viviendo con el Rey, nada impedirá que la de España acabe siendo la monarquía más querida de la Tierra en el reino con menos monárquicos del mundo.