Clinton y su preservativo

| INOCENCIO F. ARIAS |

OPINIÓN

LA PRENSA y la tele de Estados Unidos han estado totalmente concentradas en el Katrina y en el Rita . Bush se ha tambaleado un poquito. Últimamente la noticia es que los muertos americanos en Irak han rebasado la cifra de 2.000 y la muerte de Rosa Parks, una valerosa mujer negra que hace justamente cincuenta años, el 1 de noviembre de 1955, se negaba en Alabama, en la época de la legalizada discriminación racial, a levantarse en el autobús para que su asiento, así era la ley, lo ocupara un blanco. Con su resistencia y su dignidad dio pie a un movimiento que cambiaría la historia de Estados Unidos. Habría que darle una plaza en muchos países del mundo. Viviendo en Estados Unidos, en Los Ángeles, uno vuelve los ojos hacia España buscando algún alivio y ¿qué encuentra? Un panorama desolador, si entras en Internet. No me refiero únicamente a leer, atónito, que Maragall y Bono, por el dichoso Estatut, se meten rejones destemplados delante del Rey y del presidente de Portugal en la embajada lusa (¿qué habrán pensado los anfitriones del panorama dominante en la aún España?) y que luego, lógicamente, su noción del Estado le impulsa a ello, también se enzarce en la pelea Ibarra, que pronto oye desabridas admoniciones del dirigente catalán. Tampoco sólo a la infeliz campaña de anticatalanismo creciente que hace que en pocos días haya recibido mensajes en Internet de amigos y conocidos de ocho puntos distintos de nuestro país, de Galicia a Almería, pidiendo, ¡pero hombre!, que boicotee toda una lista de productos catalanes. Increíble, ocho en tres días. Me pregunto incidentalmente lo que estarán informando las embajadas extranjeras sobre la situación y el futuro de nuestro país. Ante ese horizonte preñado de nubes uno no sabe ya si es mejor estar aquí que allí. Menos mal que, al menos durante unos horas, los chinos vienen a devolvernos el buen humor. Creíamos hasta hace poco que en la gigantesca y pujante China se repudiaba todo lo occidental y, más aún, lo americano. ¡Quiá! Sobre lo primero ya nos percatamos de que Beckham arrasa. Pero resulta que la fascinación por lo americano es aún mayor. De verdad. Un fabricante de aquel país acaba de lanzar una línea de condones de fantasía, pura calidad, suavidad y seguridad. ¿Y cómo se llama el más caro, el crema de la crema, el padre bucólico de todos los preservativos: ¿Éxtasis en las praderas celestiales? ¿Arco iris en tarde otoñal, ¿El tigre y la daga volante? Frío, frío. Se llama Clinton . Con un par (nunca mejor dicho). El modelo siguiente en calidad tiene asimismo un nombre con entrañables resonancias nostálgicas americanas. No, no se llama Retozando en los Campos Elíseos de Sinchiang . Tampoco Incursión en el lánguido amanecer de mi amada . Su nombre es simplemente Lewinsky. El fabricante es un pillín. El preservativo de Clinton vale 3,70 dólares y el de la Lewinsky 2,25. Aún hay clases, razona el bueno de Liu Wenhua, gerente de la compañía fabricante, la variedad Clinton es de mayor calidad. «Hemos escogido a Clinton porque creemos que es un símbolo del éxito y un hombre de responsabilidad. A la Lewinsky, porque es una mujer que se atreve a amar y se atreve a odiar». Dabuti. Ahí queda eso. ¿Y tú me lo preguntas?, poesía eres tú, le espetaría yo al tronco de Wenhua citando al viejo Bécquer. El vivo de Liu Wenhua -el preservativo es un producto en creciente demanda en China después de que las autoridades reconocieran que tienen un problema con el sida- no hace una faena de aliño en sus declaraciones. Tiene labia y se explaya con un periodista diciendo modosamente que aún no le han dicho nada a Clinton pero que les gustaría «contarle lo mucho que se le respeta en China». «Así podremos reforzar su confianza y ayudarle en su carrera» (sic). Con otro par, esta vez de Wenhua, claro. Es decir que Clinton, para el promotor, ya no debería preocuparse, como dice alguno de sus antiguos colaboradores, de no haber tenido una guerra para dejar una fuerte impronta en su presidencia. Ya puede recuperar la color. Ahora los chinos lo inmortalizan con su bautizo. A lo mejor, si la cosa funciona, dentro de un par de generaciones los chinos, y las chinas, no seamos machistas, de diversas edades, evitando berrinches y desfallecimientos, aún comentarán: «Nos salvó la tarde un Clinton», o «gracias a un Clinton...», o «la confianza que le da a mi pareja un Clinton la relaja y me relaja, es... otra cosa...». Vanitas vanitatis.