ENTRAMOS en las reflexiones que provoca el pleno del Estatuto de Cataluña. Ese pleno mostró una imagen inquietante que pocas veces se había visto: orador tras orador, todos, menos Rajoy, dijeron discursos similares en sus fines. Es consecuencia de que los nacionalismos están absolutamente primados en nuestro Parlamento. Tan primados, que es dudoso que el conjunto de intervenciones respondan al pluralismo de la sociedad. No puede responder a ese pluralismo el resultado de 14-1: catorce discursos a favor de reformar el Estado de las Autonomías y uno en contra. Eso no es España, y es grave tener que anotarlo. O faltan partidos intermedios entre el PP y el PSOE, o el reglamento del Congreso y su aplicación permiten una desproporcionada exuberancia formal de los nacionalismos. Pero eso es lo que hay, y así ocurre lo que ocurre: que Rajoy resulta ganador en los análisis posteriores; que Zapatero muestra muchos déficits en su exposición, y que, sin embargo, el lenguaje de los votos de los escaños contradice esas percepciones de la razón. Y así, lo preocupante de la sesión no es que vayamos hacia la aprobación del Estatuto, aunque resulte casi imposible acomodarlo a la Constitución, sino cómo queda el panorama: la defensa del sometimiento a la ley de leyes es asumida sólo por un partido. Muy importante, pero sólo uno. Y una determinada idea de España se identifica también sólo con ese partido; es decir, con la derecha estatal. Eso es perverso. Es difícil estar de acuerdo con Rajoy cuando dice que el Estatuto se aprobará «de espaldas al consenso constitucional». Lo constitucional es mucho más amplio que el PP, a pesar de sus diez millones de votos, y no es menos constitucional Convergencia i Unió que el Partido Popular. Pero es peligroso que conceptos sagrados como nación española empiecen a ser identificados sólo con una fuerza política, o que la diferencia entre opciones de gobierno se marque por su forma de entender la cohesión nacional. Cuando se llega a ese trance, aparece la pasión y, detrás de la pasión, el conflicto. ¿Estoy insinuando que Rajoy debe cambiar su mensaje o Zapatero su proyecto? No. Eso sería falsificar el debate. Pero todos tienen que hacer algo para no enconar más la situación: Zapatero, no ignorar el clamor -y el miedo- que se esconde detrás de la posición del PP. Rajoy, tomar nota de la opinión de Fraga, abrir puertas al entendimiento y no dejarse llevar por las aclamaciones que recibe. Y los nacionalistas, conseguir que podamos confiar algo en ellos. Porque lo malo no es el texto que presentan. Lo malo es lo que dicen en sus feudos: su aversión a España. Y sobre esa base, nunca será posible la confianza. Por mucha buena intención que ponga ZP.