SORPRENDE a veces el esnobismo intelectual con el que algunos de nuestros políticos y analistas desdeñan el papel del Estado, como si estuviésemos ante una antigualla disfuncional comparable a los reinos de taifas. A veces pienso que es una moda conceptual irrelevante; otras veces creo que se trata de simples boutades provocadoras, pero hay ocasiones en las que sospecho que no bromean ni hablan a humo de pajas. Entonces, ciertamente, me preocupan. Porque yo aún no concibo este mundo sin la idea de un Estado al que tiene sentido pertenecer, no sólo como mediador y cohesionador en el interior, sino como forma organizada y significativa de comparecer en el exterior. Por eso, cuando oigo que «hay que vaciar el Estado» o «lograr un poder central mínimo», me quedo perplejo. ¿Por qué hay que vaciar lo que somos, lo que nos ofrece respuestas, lo que nos da relevancia en el mundo? ¿Por qué hay que reducir eso al mínimo? ¿Qué quieren que crezca en su lugar? ¿Un minimalismo autonomista sin capacidad estratégica exterior ni fuerza resolutiva interior? No, no me he vuelto estatalista, ni jacobino, ni antinacionalista. Simplemente creo que sin un Estado fuerte y capaz se está peor. Y creo que todo lo demás puede convivir con él.