22 oct 2005 . Actualizado a las 07:00 h.

CONSEGUIR que un niño de una escuela pública no estudie religión puede resultar una proeza. Superado el escollo del «en realidad, qué más da» -usado para convertir la apuesta por el laicismo en una especie de pataleta de progre trasnochado-, emerge una advertencia: el cativo será apartado de sus compañeros en un gesto que algunos niños pueden interpretar como un destierro. Por no hablar de la contumaz apropiación de valores como la solidaridad o la igualdad, que al parecer sólo se fomentan desde determinadas trincheras. Visto el panorama, el porcentaje de alumnos de religión parece incluso escaso.