El «president» demediado

| ROBERTO L. BLANCO VALDÉS |

OPINIÓN

CUANDO a un jefe de gobierno le ocurre lo que estos últimos días le ha ocurrido a Maragall, la opción lógica es marcharse. Por respeto al cuerpo electoral y por una elemental piedad con uno mismo. Pero si apegado al sillón uno decide, pese a todo, que se queda, debe saber lo que le espera: un verdadero vía crucis. Maragall actúa siempre como un brillante jugador de billar... pero al revés. No hace grandes carambolas: las deshace. Así, el anuncio de que remodelaría el Ejecutivo de la Generalitat ha encadenado tantos efectos desastrosos que resulta difícil imaginar mayor habilidad para la calamidad y el cataclismo. De una tacada, el president ha descalificado a su Gobierno -pues si debe cambiarse es que no sirve ya para las actuales circunstancias-, se ha descalificado a sí mismo como líder del ejecutivo tripartito -pues no puede serlo quien no tiene el apoyo de ninguno de los partidos que lo forman- y ha roto la lealtad debida a los socialistas catalanes, quienes se han enterado de las intenciones de Maragall ¡por medio de Carod!, que parece ser quien de verdad manda ahora en Cataluña. Tiene razón, por supuesto, el president cuando afirma que es a él a quien le compete legalmente nombrar y cesar a los miembros del Gobierno. Pero cuanto más evidente es tal afirmación, mayor es también la soledad en que demuestra encontrarse Maragall. Dejado por imposible por los socialistas catalanes, que se sienten traicionados ante su modo de deshacer las cosas, y ninguneado por una ERC que lo toma desde hace mucho por el pito del sereno, Maragall no puede hacer aquello para lo que está facultado por la ley porque para hacerlo es necesario no sólo el poder, sino además la autoridad. El poder lo dan las leyes, pero la autoridad, ¡ay!, se gana -o se pierde- día tras día: Maragall parece haber agotado ya la poquísima que le quedaba en su zurrón y es hoy, como el célebre vizconde de Calvino, un presidente demediado, a quien no temen sus adversarios, no respetan sus aliados y no quieren sus parciales. Como alma en pena, Maragall debe dar en los próximos meses un combate formidable: el de convertir en servible un proyecto de Estatuto del que, por más que se empeñe Zapatero, es sencillamente imposible sacar ningún texto razonable. Para tan singular batalla necesitaría el president de una sólida armadura, pero Maragall es hoy, de un modo ya probablemente irreversible, de la especie de aquel licenciado Vidriera, frágil como el más fino de los cristales de Bohemia. Y así estamos: con un presidente cervantino -mitad Quijote, medio Vidriera- que ha metido a España entera en una auténtica batalla de Lepanto.