«HACER diligencias para descubrir una cosa». Así define el Diccionario de la Real Academia Española el verbo investigar. Lo que ya es asunto de cada uno es decidir a dónde se dirigen esas diligencias. Y cuando hablamos de los que mandan, la cosa asusta. Cabrea bastante. Lo digo porque, al parecer, aquí de lo que se trata es de que cada vez seamos más peligrosos. Más feroces. ¿Querremos revivir aquellos tiempos de conquistas? ¿Habrá nostalgia de aquel imperio en el que nunca se ponía el sol? Son preguntas exageradas. Ya lo sé. Pero parecen justificadas. Y me explico. Me contaba La Voz del pasado domingo que el Gobierno ha decidido darle el próximo año una patada para arriba al gasto en investigación militar. Y la coz es buena. Un 30% más que en el 2005. Algo así como 1.683 millones de euros. Ahí es nada. Debe haber mucho que descubrir en tan noble terreno. Mucha diligencia que hacer. Yo no sé a usted, pero a mí me da vergüenza (mucha vergüenza) enterarme de que el dinero que es de todos va a parar ahí. Y más me sonrojo cuando leo que el Ministerio de Sanidad destinará sólo 287 millones a potenciar los avances médicos y farmacológicos. Esos que salvan vidas. No alcanzo a imaginar a dónde se pretende ir a parar con estas cifras pantagruélicas. No sé que se quiere descubrir. Y nadie me lo va a explicar. Seguro. Lo único que tengo claro es que las armas sólo sirven para disparar. ¿Qué más se necesita saber?