LA FORMA en que un pueblo aprecia su historia colectiva tiene una relación directa con la selección que hace de su pasado. Muchas veces éste se reduce a sólidos de la memoria, documentos, monumentos o efemérides, olvidando aquella parte de la biografía que no gusta o no interesa, y que suele corresponder a la crónica de la convivencia de una sociedad, de sus anhelos y desafíos, éxitos y fracasos. No lo dudemos. La mejor historia de España, de Galicia, de Murcia..., por democrática, pacífica y convivencial, la ha escrito nuestra generación. La otra, remontándonos sólo cien años, la del desastre patrio, la de la República aplastada y la nación rota en dos bandos, la de la terrible guerra civil y la represión, la de la miseria extendida y la riqueza concentrada, es nuestra genéticamente, pero no es ni mucho menos la que nos hubiera gustado que fuera. La nación española en la que la mayoría nos reconocemos es ésta que estamos construyendo. Con la Constitución y los estatutos de autonomía creamos los goznes de nuestras relaciones, que se amalgamaron con su refrendo parlamentario y, lo más importante, con su desarrollo político y aceptación social. Para Cataluña y Euskadi, y también para Galicia, supuso la recuperación de un autogobierno, señas de identidad y sentimientos que habían sido pisoteados durante cuarenta años. Para muchas regiones consistió en acceder a un marco que no tenía antecedentes y desarrollar nuevas identidades, hasta el punto de que hoy reclaman el reconocimiento como nacionalidades históricas. Nación, comunidad o realidad nacional, región, como los himnos y banderas, tienen que valer para establecer la concordancia de nuestras especificidades, desde la española hasta la gallega o la madrileña. La forma de ser y sentir de cada comunidad son distintas, pero no jerarquizables, no mejores unas y peores otras, y por ello no pueden establecer soberanías ni segregaciones. En este mundo abierto de par en par a cambios poblacionales y generacionales, en constante movilidad y comunicación, más que el pedigrí, el tamaño del mástil o las palabras grandilocuentes, nos debe preocupar el proyecto, también identitario para cada territorio, capaz de incluir a todos en una sociedad democrática y justa desde la universalización de derechos y deberes. Cataluña ha articulado en la reforma del Estatuto sus anhelos y objetivos económicos, políticos y sociales. Sus fórmulas están escritas y refrendadas por sus instituciones, y ahora le corresponde a las Cortes tramitarlo y debatirlo desde las distintas posiciones de los grupos parlamentarios. Haciendo omisión del victimismo de algunos nacionalistas, ¿se puede tener una predisposición adversa cuando se sigue el procedimiento constitucional para la reforma y se reclama pacto y consenso para el tránsito parlamentario? ¿No debe ser escuchada con serenidad la voz de Cataluña? Lo que aquel soldado de Salamina anhelaba al escuchar Suspiros de España era un país en paz que no lo hubiera arrastrado a la guerra y, a la postre, al exilio. Nuestra generación lo ha conseguido mediante el respeto y el diálogo entre ideas diferentes, construyendo una historia donde, en lugar de tanto suspirar, todos respiramos libremente, en lo que en algún momento llamé la España de los afectos.