METIDOS como estamos en el cambio climático, hablar del tiempo deja de ser un recurso vacío con el que pasar un minuto de ascensor. El cielo nos preocupa, nos afecta a todos. Sube el conocimiento meteorológico (que si el pantano barométrico, que si el frente ocluido) y la conversación gana matices. Se lo debemos a las mujeres y hombres del tiempo, de credibilidad intachable, con sus presentaciones cada vez más vistosas y sus fuentes copiosas de información, como MeteoGalicia. Lo que pasa en la atmósfera se nos expone claro, profundo y con la rapidez de los telediarios. Hace años se leía una meteorología más reposada, los partes trimestrales de unos frailes, creo que del monasterio de Herbón: «La primavera fue lluviosa... el 1 de abril se desataron tormentas... un rayo partió un ciprés centenario...», etcétera. Eran franciscanos como aquél del barómetro de cartón que indicaba con una varita hacia dónde iba el tiempo, gracias a las oscilaciones de un pelo de caballo. En la costa no es necesaria esa magia: la predicción la hacen los marineros, que son la gente más dependiente de los meteoros. Por Cuatro Caminos (A Coruña) paseaba un viejo marino irlandés, varado en esta costa, que te explicaba en dos minutos la situación general, la jerarquía de los vientos y el pronóstico para mañana. Ya no está él ni estamos nosotros. Nos habría avanzado que venía el agua a lavar la cara de este otoño de hojas secas en remolinos.