CÉSAR CASAL GONZÁLEZ
11 oct 2005 . Actualizado a las 07:00 h.«NO te metas en el agua», grita el jefe de policía (Roy Scheider). Tiburón es más que una mandíbula batiente y brochazos de sangre en el mar. Es un peliculón. Ahora cumple 30 años con edición especial. En Sitges homenajean al filme, el más taquillero de la historia. Tiburón está inundada de detalles increíbles. Es una prueba más de que el terror que no se ve es el que mete más miedo, como Hitchcock. El pánico nace del suspense y no de los malditos defectos especiales de hoy. Spielberg juega con las emociones como un pequeño dios. Hay un secundario (Robert Shaw), veterano cazador de tiburones, que se convierte en principal con frases impagables, del Hollywood clásico. Aquellas películas que empezaban la casa por los cimientos, o sea, por las palabras (el guión). Los pequeños ojos negros del tiburón no te miran, están como muertos, «son de muñeca, quietos, se quedan en blanco cuando te va a devorar», dice Shaw, como un loco capitán Ahab. El trío lo completa el científico (Richard Dreyfuss), que, en una competición de cicatrices la noche de la caza, dice que la más grande se la hizo una mujer en el corazón. El cine se ganó la dignidad de séptimo arte con películas así, un susto que no se olvida. cesar.casal@lavoz.es