El efecto Zapatero II: se acabó la bonanza

OPINIÓN

09 oct 2005 . Actualizado a las 07:00 h.

EL PRIMER efecto Zapatero, que siguió a las elecciones del 14-M, fue como un bálsamo para España y Europa. Su esencia consistía en hacer lo contrario de lo que hubiese hecho Aznar en idénticos trances, y en sólo unos meses consiguió relajar las tensiones que acumulaba el inflexible dirigente de la derecha con la sola intención de evidenciar su carisma. En este contexto, las medidas adoptadas por Zapatero se conformaron como puras reacciones a las demandas de la sociedad o de sus grupos más activos, y así se generó la sensación de que España había entrado, a velocidad de crucero, en la senda del cambio. Pero la tozuda realidad vuelve ahora sobre sus pasos, y todo apunta a que el efecto Zapatero se está convirtiendo en un búmerang peligrosísimo. Es cierto que tenemos una ley contra la violencia de género, pero cada vez mueren más mujeres sin que el Estado acierte a evitarlo. También hemos reformado el matrimonio para dar satisfacción a las hipotéticas demandas de miles de ciudadanos que ahora pasan de casarse, y que están convirtiendo en folclore televisivo lo que fue presentado como un problema crucial de toda la sociedad. La retirada de las tropas de Irak fue un gesto teatral muy valorado, pero la factura que estamos pagando con el neomilitarismo y la demagogia de Bono, y con la adulación a Bush, está resultando insoportable. La idea de volver a la vieja Europa, que quedó varada en la crisis de Francia y Alemania, carecía de planes alternativos. La gran revolución de las obras públicas, que iba a vertebrar una nueva España sobre el PEIT y la derogación del Plan Hidrológico, se ha diluido en el silencio sobrecogedor de Magdalena Álvarez -¿qué fue de ella?- y de Cristina Narbona. La política de inmigración, que dio más valor a los gestos que a los hechos, enseña ahora su peor cara y sus más corajudos dilemas. Y la nueva visión de los problemas periféricos, que parecía iniciarse con aquellos amistosos encuentros entre el presidente e Ibarretxe, está ahora varada en el marasmo increíble del Estatut de Catalunya y en las zigzagueantes políticas de Euskadi, donde se quieren hacer compatibles las abiertas propuestas de González -¡más nacionalismo y más cupo!- con el cerrado discurso de Aznar -¡al PNV ni agua, y arriba España!-. La idea de que se puede gobernar contentando a todos, hablando de paridad y huyendo hacia delante, ha quebrado. Y ya no queda ningún tema que pueda abordarse a base de talante. El Estatut y la frontera del Sur son los primeros avisos. Pero toda España está llena de equilibrios insostenibles que obligan a dirimir entre valores e intereses contrapuestos. Por eso España está en vilo, mirando a su presidente.