La montaña mágica

OPINIÓN

01 oct 2005 . Actualizado a las 07:00 h.

DESDE LA montaña mágica se contempla una panorámica privilegiada de Santiago de Compostela, compuesta por la rica miscelánea del legado de los siglos. A nuestra espalda queda el magno socavón y los nuevos edificios en construcción, que intentan reproducir la topografía desaparecida. No es ninguna casualidad que la Cidade da Cultura esté situada en el monte Gaiás. Repetidas veces se intentó recalificar este suelo protegido para usos residenciales. La pretensión no prosperó, pues se trataba de un hito paisajístico preferente para la ciudad. Tampoco parecía la ubicación idónea para una operación cultural, por la fuerte inclinación y la falta de conexión con el centro urbano, pero en esta elección subyacía la idea de alejarse de la historia construida para hacer otra «ciudad nueva». La Xunta de Galicia había coparticipado activamente con la Administración central y local en el plan de conservación y renovación urbanística de Compostela, y estaba próximo un acuerdo para culminarlo con la construcción de la plataforma de comunicaciones de Norman Foster, pero en el tramo final se desembaraza de tal compromiso e inicia una andadura en solitario. Entonces lanza la denominación «Cidade da Cultura», pretendida síntesis y avanzadilla de todas las dimensiones de la cultura gallega. No obstante, se echaba a faltar desde el primer momento un argumento bien trabado. El concurso de arquitectura parecía pensado para Peter Eisenman, quien consecuente con su bagaje teórico y un punto diletante desarrolla un formalismo locuaz y provocador contra lo que él, siguiendo a Heidegger, interpreta como pasividad de la sociedad. Paradójicamente, su compleja propuesta se desentiende del contenido innovador que debería tener la iniciativa y de la relación con la ciudad, y en un guiño conservador, un tanto folclórico, da al conjunto forma de vieira surcada por un remedo de las viejas rúas. El sigilo mantenido en todo el proceso, poco comunicativo en su gestión y presupuesto, aunque en la programación han colaborado numerosos y reconocidos expertos, ha conducido a que de repente, como si saltase un resorte comprimido, se hable y se critique el artefacto con total desenvoltura. ¿Acaso nadie ha tenido nada que ver con él? ¿Es posible que el Consello da Cultura Galega no hiciera en su momento un dictamen? Esa reserva de la información impidió algo fundamental: explicar el proyecto a la ciudadanía y a las instituciones, y lograr el acuerdo político y social exigible en actuaciones de esta naturaleza. De haberse hecho, no estaría pasando lo que pasa. Del actual Gobierno se espera que fije una posición basada en el trabajo realizado, ya sea para ratificarlo o para mejorarlo, y que haga pública toda la información. Conviene saber que el futuro de la Cidade da Cultura depende no sólo de la economía, sino también de un programa innovador, acorde con la obra arquitectónica. Pero lo más importante será alcanzar un amplio consenso para implicar -lo repito- a las ciudades, a las universidades, a las entidades culturales, a todas las Galicias, de manera que en lugar de ser monumento conmemorativo, sea de verdad patrimonio de todos, como las murallas de Lugo, la torre de Hércules, las Burgas o las Rías Baixas.