Males menores

OPINIÓN

LOS GALLEGOS nos estamos acostumbrando a una suerte de conformismo que está muy cerca de la resignación, en la misma frontera del «qué se le va a hacer» y en la apuesta reiterada por lo menos malo. Este posibilismo a caballo de un estéril pragmatismo ya no sirve para interpretar la realidad, y merma nuestra autoestima hasta límites insoportables. Pasamos sin transición de la euforia a la depresión, ya sea cuando una opción empresarial opte por la regalleguización de una compañía eléctrica y resulte fallida por las razones que sean, que aquí no vienen al caso, o cuando fabularon con un inexistente plan Galicia que llegamos a creerlo como panacea y tabla de salvación de todos nuestros males. No es del todo cierta la frase tópica que asegura que no hay mal que por bien no venga, o el refrán que atestigua que no hay mal que cien años dure. Alguna de nuestras lacras históricas, como el aislamiento periférico, son endógenas y centenarias, cada vez somos más una isla y nos vamos alejando de los ejes económicos que nos dejan a trasmano de casi todo, hasta en el viejo reino de la lluvia, en el otrora paraíso de frentes borrascosas que el Atlántico dejaba caer sobre nuestra tierra, el clima está modificando su rutina y la sequía agosta nuestros verdes. No todo es justificable, y la frase que desde el poder político al más alto nivel autonómico cerró la frustración de la eléctrica que se le escapó de las manos al grupo inversor gallego, aseverando algo así como que al fin y al cabo no se va al extranjero y se queda en la inversión de una compañía española, no requiere comentario alguno. Por supuesto que el intervencionismo político no es deseable en los mercados, pero hay fórmulas ya testadas que pueden evitar sobresaltos. Estamos escasos de autoestima. Recuerdo una conversación mantenida cuando la ciudad de Lugo, tras una larga y entusiasta, tenaz e imaginativa movilización ciudadana, consiguió que la muralla luguesa fuese declarada patrimonio de la humanidad. Tras la subida de adrenalina que supuso la consecución, un político local me comentó, más triste que alegre, y ahora qué, qué vamos hacer. Yo me limité a sonreír. La apuesta por lo menos malo es la peor de las opciones, el carácter se moldea y se educa, no está grabado en el adeene , no es un castigo ni una condena, podemos aprender, aunque nos cueste por estar poco entrenados, a conjugar el verbo exigir. El mal menor es una tara que no mengua, crece y se convierte en los males mayores, que son una amenaza real para anularnos como pueblo. Créanme, nosotros no somos así, ya no somos como nos ven, no queremos ser de buen conformar, «mainiños» y sumisos, gentes que habitamos los silencios, militantes perennes del depende. Somos y sabemos llamar al pan por su nombre y distinguir la denominación del vino. Conscientes de ello, podremos hacer país, consolidando y convirtiendo las ilusiones en índices medibles en el PIB, donde no caben resignaciones atávicas y otros males menores de igual ralea.