MÁS QUE acordar el nuevo Estatut para Catalunya, lo que de verdad han acordado los partidos políticos catalanes (a excepción del PP) es pasarle la patata caliente al Congreso de los Diputados. Con el tiempo agotado, con un texto que se alargaba y retorcía a medida que lo retocaban y con la convicción de que valía cualquier cosa menos declararse incapaces de cerrar un acuerdo, el nuevo Estatut tenía que nacer -con fórceps, pero tenía que nacer-. Y nació. Y Maragall y Mas se abrazaron con alivio, mientras Carod Rovira (quizá para «coincidir» con Ángel Acebes) se apresuraba a asegurar que esto «es el principio hacia el Estado». Así ha terminado el primer acto. Ahora empieza el segundo, ya en Madrid. Los textos inconstitucionales que contiene el Estatut preocupan. Y el embolado para el Congreso de los Diputados consiste precisamente en afrontarlos y adaptarlos a la Constitución. Pero a nadie se le oculta que esta adaptación puede soliviantar a los partidos que acaban de acordar el texto, sobre todo a ERC y a CiU. Lo cual podría situarnos ante el nacimiento de una nueva excusa para el victimismo catalán. Asistimos al comienzo de la segunda parte... ¿de qué? ¿A qué género dramático corresponde todo esto?