PÉREZ TOURIÑO fue directo al grano. La autonomía, vino a decir, es la capacidad que tienen los pueblos para definir su proyecto histórico y llevarlo a la práctica. Y en ese proceso es tan importante lo que tenemos que hacer solos, con nuestras competencias y recursos, como lo que hemos de hacer en común, ya sea en el marco político español, europeo o mundial. Consecuente con este planteamiento, la conferencia pronunciada en Madrid desbrozó el camino para la reforma del Estatuto con cuatro golpes certeros. No nos vamos a quedar varados en la palabra nación ni por exceso ni por defecto, y, si es necesario usarla para marcar el nivel de nuestro compromiso, no dejaremos que esa definición nos arrastre hacia un estéril debate sobre España. Tampoco nos fascina el cupo vasco, y, aun reconociendo que la financiación condiciona el autogobierno, en modo alguno vamos a renunciar a un sistema general consensuado, no constitucionalizado, y adaptable a cada circunstancia. La identidad -añadió- no cotiza en dinero ni se expresa en transferencias, pero es irrenunciable como forma de compromiso y de activación social. Y, por último, no entenderemos el poder gallego como una barrera física para la entrada o salida hacia el Estado, sino como el marco de las responsabilidades que asume cada parte en un proceso de gobernación cada vez más interactivo y complejo. Así enunciado, el discurso de Touriño parece hecho para llevar la reforma del Estatuto por el sendero del realismo y la colaboración institucional. Pero los discursos también tienen contexto, y todo apunta a que el presidente soslayó con mucha astucia los problemas del momento. La palabra nación, en boca de Touriño, no es la misma que figura en el Estatut de Maragall. Porque, mientras allí sirve para asentar el hecho diferencial y sus consecuencias, la síntesis touriñana entre la nación española y las otras naciones -¿cuántas, cuáles, para qué?- sólo presagia una devaluación del concepto. Y lo mismo cabe decir de la financiación, ya que, mientras Touriño está pensando en reforzar la solidaridad del sistema, su amigo Maragall persigue lo contrario. El discurso del presidente sería válido si se empezase a discutir el proceso por arriba, con una reforma constitucional que afrontase los temas comunes y una posterior revisión particularizada de los Estatutos. Pero mientras siga vigente el modelo Zapatero, que deja en manos de catalanes y vascos la construcción de un Estado asimétrico, es evidente que el discurso de Touriño puede servir para todo menos para ejemplo de lo que hay que hacer. Porque los vascos y catalanes están hablando de otra cosa. Y, si bien lo interpreto, en idioma distinto.