SUFRO una enfermedad incurable y crónica. Me la descubrieron cuando tenía 20 años y llevo trece conviviendo con ella. Unas veces mejor, otras peor. Mi enfermedad se llama miopía, que no es otra cosa que un «defecto de la visión consistente en que los rayos luminosos procedentes de objetos situados a cierta distancia del ojo forman foco en un punto anterior a la retina», según el Diccionario de la Real Academia Española. Al principio no entendía lo que me pasaba. Me mareaba al conducir, no veía bien los carteles indicadores en las carreteras y estaba de muy mal humor. Un día me decidí a ir al oculista y le dije que creía que tenía un poco de miopía. Me graduó la vista y sentenció: «Un poco, no; es usted la auténtica definición de la miopía». Desde entonces, me he gastado una pasta en gafas, lentillas, y líquidos limpiadores. Todo de mi bolsillo, porque el único miope no soy yo, sino también ese mal llamado Estado de bienestar en el que unos enfermos tienen medicinas gratis o subvencionadas y otros soltamos la tela o no vemos ni torta. Si el DRAE, al que algunos se abrazan para esgrimir que los homosexuales no pueden formar matrimonio porque el sacro libro dice que esa condición está reservada a la unión de un hombre y una mujer, nos reconoce enfermos, ¿por qué la sanidad pública nos deja tirados? Fue estupendo que volvieran las tropas de Irak y también lo de las bodas gais, pero a ver cuándo nos toca el turno a otros de los grandes marginados de este país: los miopes.