EL 24 DE SEPTIEMBRE de 1905 nació, en la localidad asturiana de Luarca, Severo Ochoa de Albornoz, premio Nobel en 1959, junto con su discípulo Arthur Kornberg, por descubrir el aislamiento de una enzima (polinucleótido fosforilasa) de colibacilo que cataliza la síntesis del ácido ribonucleico, intermediario entre el ácido desoxirribonucleico y las proteínas, lo cual supuso un gran avance al poder adelantarse el desciframiento del código genético. Él mismo relató la anécdota del día en que le comunicaron la concesión del Nobel cuando salió del laboratorio apresuradamente para dar la noticia a su esposa, y un guardia lo paró por exceso de velocidad, tras lo que se disculpó explicándole que le habían otorgado el premio y quería contarlo cuanto antes en su casa, ante lo cual el guardia le dejó seguir y al preguntarle el motivo de tal galardón, respondió: «Por la síntesis del ARN». Nuestro Nobel dedicó su vida entera a la investigación, hasta el punto de que afirmó, en una célebre conferencia pronunciada en Valencia en 1989 bajo el título La emoción de descubrir : «Pocas veces he sentido emoción más intensa que cuando creí haber hecho descubrimientos de alguna transcendencia». El doctor Ochoa estudió Medicina en Madrid con el ejemplo y estímulo de Ramón y Cajal, que se jubiló como catedrático precisamente el año anterior al del comienzo de los estudios universitarios de aquél, por lo que, aunque coetáneos, nunca coincidieron -como me confirmó Santiago Grisolía-, con gran pesar para Ochoa, que se sintió desde muy joven fuertemente atraído por la biología, centrándose al comienzo de su actividad investigadora, bajo la dirección del catedrático Juan Negrín, de quien fue profesor ayudante, en estudiar el metabolismo energético en el Laboratorio de Fisiología de la Residencia de Estudiantes, en la que convivió con Federico García Lorca, Salvador Dalí y Luis Buñuel. En estos momentos en que el actual Gobierno de Galicia precisamente ha recurrido para el nombramiento de altos cargos a tantos docentes de nuestras universidades, me parece oportuno destacar dos hitos relacionados con la memorable vida de nuestro premio Nobel: la trayectoria del profesor Negrín, que cambia la docencia y la investigación, en la que tantos éxitos cosechó, por la política, que tantos sinsabores le produjo y en que, al final, fracasó estrepitosamente, dejando, además, a Ochoa falto de tutela científica, y, como corolario de ello, el fiasco de éste al opositar en el curso 1935-36 a la cátedra de Santiago de Compostela, lo que, al estallar la guerra civil española, le animó definitivamente a marchar de España. Según cuenta el propio Ochoa, fue el mismo Negrín, presidente del tribunal en las oposiciones a la cátedra de Fisiología de la Universidad gallega, quien le animó insistentemente a presentarse, e incluso hizo buenos ejercicios, según testigos, y el tribunal «lamentó» que no hubiera más que una cátedra, que ganó Jaime Pi Suñer, hijo del famoso fisiólogo catalán, atribuyéndose el fallo del tribunal al hecho de que Negrín estaba «disgustado» porque Ochoa había empezado ya a dirigir la sección de Fisiología del Instituto de Investigaciones Clínicas y Médicas de la nueva Ciudad Universitaria de Madrid que dirigía el catedrático Carlos Jiménez Díaz. Como se ve, una historia de celos, envidias y hasta cierto punto de nepotismo. Su compañero de colegio, y después también en las investigaciones, José María García Valdecasas, también miembro del citado tribunal, se lamentó ya cuando Negrín en 1931 fue elegido diputado a Cortes: «¿Cómo podrá España acelerar su evolución científica, técnica e industrial si los científicos se dedican a la política? La ciencia no admite poligamia». Aunque Negrín nunca llegó a abandonar totalmente la docencia y la investigación, sus compromisos políticos fueron aumentando hasta que en 1936 fue nombrado ministro de la Guerra y en 1937 asumió la presidencia del Gobierno de la República, hasta el final de la guerra civil, en que se refugió en París y Londres. En septiembre de 1936, Negrín, entonces ministro de Hacienda, le dio a Ochoa un papel que ponía «Misión especial», gracias al cual, acompañado por su esposa, Carmen García Cobián, pudo salir de España sin problemas hacia París. En 1940 se instaló en Estados Unidos, donde se naturalizó, junto con su esposa, en 1956. Como hemos adelantado, no siempre nuestra Universidad recluta a los mejores, como le pasó con Severo Ochoa y tantos otros, como Einstein. No necesariamente los grandes catedráticos, y los de mayor prestigio, tienen el correlativo éxito fuera de las aulas universitarias en la gestión política, o de otro tipo, como le sucedió a Juan Negrín, todo lo cual creo que puede servir de reflexión inicial en el comienzo del actual curso político para ver qué nos depara el futuro, a mi juicio nada prometedor por el punto de partida. La respuesta, una vez más, está en el viento, pero la realidad es que los pueblos que olvidan su historia se ven condenados a repetirla.