HACE años, un técnico de la Consellería de Pesca echó cuentas y descubrió que los parques de Carril, esas leiras subacuáticas en las que engordan las almejas, no son rentables. «Les falta superficie», calculó, y pasó el mensaje a las alturas. Confirmada la autorización, el hombre viajó a las rías y se entrevistó con los parquistas para hacerles partícipes del inicio de una nueva era: «La consellería, amigos, les permite ampliar sus concesiones a coste cero para hacerlas competitivas», predicó el funcionario, y aguardó a que le hiciesen la ola. Descubrir entre los calzones de los Tonechos un carné de la UPG no habría causado tanto estupor al promotor de la idea como la respuesta de los aplomados mariscadores a sus desvelos: «Mire, é que nós non queremos ser rentables ». A aquella gente le bastaba un rudimento de mercado para redondear ciertos ingresos. Pero no estaban dispuestos a arriesgar un minuto de su pachorruda existencia en raras aventuras economicistas. Caído del guindo, el anonadado burócrata emprendió el retorno, dando por imposibles a unos tipos obstinados hasta el punto de ponerle al océano, no ya puertas, sino muros de piedra con los que cerrar sus fincas submarinas. Mientras, en el peirao, un mariñeiro se admiraba de los extraños seres encorbatados que de vez en cuando envían desde Santiago, incapaces de discernir que la relación entre el tocino y la velocidad depende de lo rápido que corra el cerdo. Se busca intérprete por desconocimiento mutuo. Es urgente.