NUESTRA relación con el sector público padece hoy de esquizofrenia aguda. Véanse si no algunos ejemplos ilustrativos. Así, cuando una empresa tiene déficit, los propietarios y trabajadores de la misma presionan y exigen a la Administración para que intervenga y alivie el problema, trasladando su déficit al sector público. Los déficits que las familias estiman en vivienda, educación, cultura o sanidad, también se trasladan al sector público de forma creciente e incesante. Como los problemas de seguridad o defensa. Los déficits acumulados por generaciones en infraestructuras, equipamientos o servicios básicos, se exigen a los gobiernos con el ceño fruncido. Y así sucesivamente. O sea, que nuestros múltiples déficits privados y sociales se confunden y traspasan al sector público, para a continuación criticar y condenar el déficit público. Una esquizofrenia que todavía se agranda más si después los gobiernos ocultan o disimulan esos desequilibrios. Las razones de tan curioso y contradictorio comportamiento se pueden concretar como sigue: a) por el triunfo de la ideología neoliberal en lo que atañe al impuesto; b) por las consecuencias perversas de la financiación territorial, y c) por miopía política. En efecto, si la eficiencia se considera virtud monopolizada por el mercado, si el impuesto desincentiva el trabajo y el riesgo empresarial y si el déficit público eleva los tipos de interés y expulsa la inversión, el círculo se cierra y la conclusión es obvia: menos sector público, menos impuestos, más gestión privada de los servicios públicos. Es la lógica mercantil dominante que troquela la cabeza del político. Se huye del impuesto como del diablo, pese a que éste es instrumento esencial para la gobernación. Además, la financiación de autonomías y municipios propicia la irresponsabilidad fiscal. Como ambas administraciones se financian con tributos propios y subvenciones, casi todo el esfuerzo se concentra en vivir del impuesto ajeno. El mejor gobierno es aquél que menos impuestos aplica y más subvenciones consigue. Y en esta vorágine irracional, envolvente y confusa, la miopía política y las deudas históricas sin fin explican las promesas, ilusiones y frustraciones que nos rodean. El problema actual de la financiación sanitaria es ejemplo ilustrativo. Porque se ignora el impuesto y apenas se mencionan las causas de déficit. Las comunidades autónomas se desgañitan pidiendo dinero al Estado, pero si éste grava ligeramente el alcohol y el tabaco, generando recursos que a todos benefician, la culpa es de Zapatero. En todo caso, las arcas ya no dan para más y las opciones políticas son reducidas: caminar sobre el alambre, hacer ruido o hablar claro al ciudadano. Esa es la elección y el riesgo.