EN ESPAÑA nadie supervisa en serio el nivel y componentes de la calidad educativa. No sabemos si es buena, mala o regular desde una estricta perspectiva técnica. Tampoco conocemos si ideológicamente es imparcial, pluralista y objetiva. Sólo sabemos que el sistema facilita la escolarización formal en la primera fase; imparte notas en la segunda y entrega títulos en la tercera. Los contenidos y requisitos son decididos por entes burocráticos. Las corporaciones también juegan su papel. Pero la sociedad carece de resortes para influir en el proceso. La paga vía impuestos coactivos, pero carece de auténtica capacidad de elección y decisión. Periódicamente aparecen informes internacionales que nos sitúan entre los peores, que los jóvenes no acaban los ciclos como debieran y que los títulos tienen escaso valor laboral. Pero nunca pasa nada; cada cual busca una penosa salida individual y los gobiernos tienden a usar a los jóvenes como futuros votantes y al profesorado como aparato reproductor de sus modelos políticos. A los preuniversitarios se les exige poco para que no se enfaden con el gobierno, de ahí que los socialistas hayan suprimido las reválidas. El éxito del talante requiere de la mediocridad. Y en la universidad no se evalúa el valor económico y social de los títulos, ya que requeriría el seguimiento laboral y social de los licenciados. Mientras tanto, periódicamente salen informes internacionales que advierten del bajo aprovechamiento de nuestro modelo. El último ha sido el de la OCDE. Pero aquí se pasa del problema, ya hay bastantes y ahora el principal es que ni siquiera hay alumnos suficientes en todos los escalones. Pero el mundo se mueve. Por ejemplo en Nueva York han introducido las reválidas en distintos niveles, con efectos espectaculares en la mejora del sistema; favoreciendo especialmente a las escuelas de negros e hispanos. En las universidades periódicamente hacen encuestas a los que contratan a sus licenciados; para conocer el ajuste entre la formación impartida y las necesidades sociales. El sistema es muy flexible y los ranking de centros muy variable. Por ejemplo Míchigan ha superado a las grandes universidades de la Liga Ivy, gracias a que ha prestado especial atención a los valores humanos de los estudiantes. Frente a la soberbia de Harward incidió en la humildad de quien no lo sabe todo y, sin descuidar las técnicas, produce licenciados más cooperativos. En otros lugares avanza el modelo del bono escolar, que representa garantía en igualdad de acceso, más libertad de elegir y control social de la calidad. Necesitamos un cambio profundo y honesto en la educación. Hay que hacer de los centros escolares unidades de capacitación técnicamente innovadora y de auténtica preparación humanística. De profesionales y ciudadanos. Y eso pasa por reconocer a la sociedad, a padres y alumnos la capacidad de decisión. Que elijan ellos y que los centros se organicen para ganar su preferencia.