LA ONU tiene furibundos detractores, entre los que sobresalen los neocon estadounidenses, y arcangélicos defensores, con Zapatero a la cabeza. Es indudable que esta organización nacida hace 60 años necesita una reforma en profundidad para adaptarla al siglo XXI y abordar los grandes problemas que aquejan a la humanidad: la pobreza, los derechos humanos o la seguridad colectiva. Los líderes mundiales reunidos en Nueva York se han mostrado incapaces de poner las bases para resolverlos. El quid de la cuestión es que la única superpotencia mundial, EE. UU., es claramente onuescéptica, por no decir onufóbica, y no le interesa una ONU fuerte y con poder de decisión, que le ponga cortapisas. Bush no olvida que se negó a dar luz verde a su invasión ilegal de Irak.