Mad Max

| ANXO GUERREIRO |

OPINIÓN

EL Katrina no sólo ha arrasado Nueva Orleans y otras ciudades del sureste de EE. UU., también se ha llevado por delante el mito del modelo americano. Las terribles imágenes de desolación y muerte que estos días llegan desde Luisiana constituyen el más duro alegato al que ha tenido que enfrentarse EE. UU. en sus algo más de doscientos años de existencia como nación. Por sí solas, esas imágenes no sólo deslegitiman política y moralmente al Gobierno presidido por Bush, sino que impugnan el sistema social vigente en aquel gran país. «El Estado es una onerosa carga que hay que evitar a las espaldas de los ciudadanos». Ninguna otra declaración política ha sido tan reiterada ni tan ardorosamente celebrada por los sectores más acomodados de la población estadounidense. Ésta es la razón que explica que el gasto público favorable a los afortunados, el que se destina al rescate de los naufragios financieros, el gasto militar y, por supuesto, los pagos de intereses, constituyan la parte sustancial del presupuesto federal de EE. UU. y la que ha experimentado, con mucha diferencia, el mayor incremento. Lo que queda -gasto para ayuda social, viviendas asequibles, servicios médicos para los necesitados, enseñanza pública y las diversas y agudas necesidades de los grandes barrios pobres- es lo que se considera como la carga del Estado. Por eso el Gobierno de George W. Bush, ineptitud manifiesta al margen, no ha podido prevenir una catástrofe anunciada; por eso ha dejado morir a miles de ciudadanos en el más absoluto abandono; por eso las clases acomodadas de Baton Rouge, en vez de preparar una acogida solidaria a los desplazados por la catástrofe, compran armas de guerra para defenderse de sus desvalidos vecinos; por eso la vieja y denostada Europa tiene que prestar ayuda de primera necesidad a los ciudadanos pobres de EE. UU., ayuda que su Gobierno no está en condiciones de ofrecer ni sus opulentos compatriotas -más atentos al negocio que se vislumbra tras la tragedia- están dispuestos a proporcionar. El Katrina ha puesto en evidencia a un modelo social que se intenta difundir a escala planetaria, el americano, que basado en un feroz individualismo desprecia tanto las soluciones colectivas como la cohesión social, e incorpora implícita o explícitamente los postulados del darwinismo social. Espero que la imprescindible reflexión sobre la catástrofe y sus causas permita superar la crueldad inherente al actual proyecto neoconservador, y alumbre soluciones de dimensión histórica similares a la que en su día representó el New Deal de Roosevelt. Pero espero, sobre todo, que los europeos comprendamos la superioridad moral de nuestro modelo social y, en consecuencia, tomemos plena conciencia de la necesidad de valorarlo y defenderlo. Porque lo que está sucediendo en EE. UU., más próximo al apocalíptico escenario social descrito en Mad Max que a cualquier país del Tercer Mundo, pone en ridículo no sólo a los conservadores más recalcitrantes sino también a los sedicentes progresistas de diseño.