Guerra al aburrimiento

| JOSÉ MARÍA CALLEJA |

OPINIÓN

COMO HAY gente que se aburre en vacaciones está deseando que se acaben para repetir los tópicos fotocopiados de un año para otro: que si otoño caliente -¿cuando se penalizará con arresto menor al compañero de profesión que siga repitiendo esta martingala?-, que si comienzo de curso animado, que si pistoletazo de salida - idem -, que si muchos temas de calado en la agenda, etcétera. La verdad es que no hay cosa más aburrida que comprobar cómo la mayoría de nuestros políticos juegan a mayores, nosotros los periodistas lo contamos y encima hay quien se cree que estamos todo el día subiendo y bajando el telón de la historia. Ver en perspectiva a Maragall y a Ibarretxe solemnizando sus respectivas frases noria, engolando la voz y diciendo las melonadas predecibles provoca una pereza que sólo puede superar el análisis sintáctico de las frases de Carod. Oír o leer a los furrieles del Apocalipsis, agarrados cada mañana a la barandilla de la proa del Titanic , anunciando el fin del mundo, el cambio en la ley de gravitación universal y la desaparición de las aceras y de los taxis, es un ejercicio de masoquismo sólo comparable a hacer una crónica periodística larga sobre un crucigrama en chino. Sin embargo, estos dos raíles nos van a acompañar hasta que, sin salirnos del tópico, empecemos a decir, allá por octubre, cuando del moreno no quede ni rastro, que esto es un tostón, que la cosa se crispa y que hay que bajar los niveles de tensión. Ya sabemos que los humanos somos animales de costumbres -algunos, más animales que de costumbres- y que necesitamos de la rutina, aunque sólo sea para quejarnos de ella o para evadirnos de sus rigores, pero no estaría mal que no esperásemos al próximo verano para empezar a relativizar ciertas comedias que forman parte de juego cainita entre fondo norte y fondo sur, pero que no responden, ni de lejos, a las inquietudes reales de la inmensa mayoría de la población. Por ejemplo, es mucho más interesante que en la temporada otoño-invierno hablemos -políticos y periodistas- más de incendios forestales que de las comas que debe llevar el Estatuto de turno; que nos dediquemos más a hablar de inmigración y emigración que de si somos nación, país, o Estado en media pensión; que le demos vueltas a cómo reducir los accidentes de tráfico antes que obcecarnos en asuntos que sólo interesan a un grupo de políticos que, a este paso, corre el riesgo de derivar en casta separada del resto de la población.