EL 21 de octubre de 1998 se formó el huracán Mitch , que, después de 305 horas de actividad, y de varias reactivaciones, arrasó los países de Centroamérica. Sólo en Honduras, donde la fuerza de la naturaleza se hizo incontenible, se contabilizaron más de 6.000 muertos y desaparecidos, y los atónitos supervivientes de aquel diluvio tuvieron que contemplar como se hundían las montañas, como los ríos cambiaban de curso, y como algunos pueblos y ciudades eran sepultados por avalanchas incontenibles de lodo y vegetación. El diagnóstico que se hizo entonces, en el que casi todos picamos, fue el de relacionar el desastre con la pobreza, la mortandad con el desorden urbanístico, y la incapacidad de las asistencias y rescates con la ineficiencia tradicional de las Administraciones corruptas. Y todo el mundo sacó la conclusión apodíctica de que si los huracanes caribeños giran hacia el Sur, donde está la depauperada Centroamérica, todo es muerte y destrucción, mientras que si giran al Norte, hacia los ricos Estados Unidos, hasta los vientos amainan. Pero el giro norteño del huracán Katrina vino a demostrar lo contrario. Las infraestructuras de Nueva Orleáns superaron la prueba con la misma eficacia que las de Bangladesh. La inmensa población que vivía por debajo de las aguas del Misisipi sólo estaba protegida por una línea de diques que no resistió. Todo el orden de la ciudad, chapucero y de ínfima calidad, se vino abajo. Y el más poderoso ejército del mundo demostró estar lleno de tecnología y de Rambos , capaces de hacer y televisar los rescates más espectaculares, pero carente de ideas y de organización para llevarle la papilla a los niños, el agua a los sedientos y el orden a los desprotegidos. Pero lo peor aún estaba por venir. Porque nadie podía imaginar que la sociedad que presume de estar a la cabeza de la civilización y del mundo, iba a derrumbarse como un castillo de naipes. Esa sociedad amalgamada en himnos y banderas, que tanto fascina a los yuppies de la vieja Europa, no supo mantener los principios esenciales de la convivencia y la libertad. Y, mucho antes de que fuese evidente el reuma del Estado y la incapacidad total de George W. Bush, el héroe de Irak y de Afganistán, ya habían aparecido las bandas de saqueadores, violadores y asesinos que hicieron pasar a segundo plano las tareas de rescate. Y tal es el espanto de la tragedia, que resulta difícil discernir, por las imágenes, si estamos hablando del África tribal y miserable o de la América opulenta. El desastre material de Honduras fue igual que el de Nueva Orleáns. Pero los pobres hondureños mantuvieron su civilidad y su dignidad en plena tragedia. Y es justo reconocerlo.