Lo de Maragall aburre a un santo

| XOSÉ LUÍS BARREIRO RIVAS |

OPINIÓN

UN PUEBLO entero, con toda su fuerza, no puede hacer que lo malo se convierta en bueno. Pero ese mismo pueblo, casi sin despeinarse, puede hacer que lo anticonstitucional sea constitucional, o viceversa. La constitucionalidad no es una cualidad esencial de las cosas, sino un acuerdo relativo -aunque estable- sobre la forma de organizar la vida política de un país. Y esa es la razón por la que, si fuésemos medianamente espabilados, estaríamos mucho más preocupados por saber si la reforma estatutaria propuesta por Maragall es buena o mala, que por acumular dictámenes sobre su constitucionalidad. Si la coyunda política entre Maragall y Carod-Rovira nos estuviese ofreciendo un sistema de financiación maravilloso, capaz de reforzar el autogobierno y la solidaridad de los pueblos, de estimular la eficiencia y el ahorro, y de activar el control político ejercido por los ciudadanos; y si su modelo competencial tuviese la virtud de hacer compatible la responsabilidad sobre lo propio con la adecuada dimensión estatal o europea de los problemas actuales, poco importaría que su propuesta fuese inconstitucional. Porque bastarían tres meses para hacerla constitucional y seguir el camino por la historia más contentos que unas pascuas. Y por eso convendría que empezásemos a llamarle a las cosas por su nombre, y que, en vez de adelantar el dictamen de constitucionalidad del proyecto catalán, nos atreviésemos a decir, de una vez por todas, que nos están presentando un bodrio, que reman contra corriente, y que, si todos hiciésemos lo mismo que ellos, iríamos directos al caos. Para un pueblo serio y trabajador como el nuestro, resulta ridículo este proceso en el que se acumulan los peritajes constitucionales con el mismo ardor y objetivo con el que la Inquisición acumulaba dictámenes teológicos, como si la realidad dependiese de las teorías y no fuese exactamente a la inversa. Y por eso empezamos a sospechar que, no habiendo ningún interés por saber si las reformas estatutarias son buenas o malas -la valenciana, por ejemplo, es muy mala y nadie lo dice-, y habiendo sacado todos los debates del terreno de la eficiencia, para entregárselos a los picapleitos, las reformas en ciernes son puros enredos políticos, más atentas al reparto de poder entre las élites que a la gestión eficiente de los intereses comunes. Tal y como se está haciendo hoy, la reforma de los estatutos ha dejado de ser un medio para convertirse en un fin, que unos persiguen y otros toleran con la única condición de que se mantenga en el terreno de la grandilocuencia y la retórica y no modifique el fondo de la cuestión. Y a eso se le llama en Forcarei «moverse para non estar quietos».