La disyuntiva gallega del PP

| ROBERTO L. BLANCO VALDÉS |

OPINIÓN

MIS ALUMNOS de primero son testigos. En la clase de presentación del curso les planteo siempre un clarísimo dilema: que deben decidir si intentarán hacer las cosas bien o se inclinarán directamente a hacerlas mal. Para un estudiante que acaba de llegar a la Universidad, es esa una decisión fundamental, pues -les digo- a los que ya tenemos más edad, la vida nos ha dado una lección inolvidable: que si uno pone todo su empeño en acertar, puede que al final las cosas, pese a todo, se le tuerzan; pero que si, por el contrario, uno se empecina en el error, la certeza de que le irá mal es casi inexorable. Ese axioma, de implacable cumplimiento cuando se aplica a la vida personal, tiende también a realizarse, con pocas excepciones, en el ámbito político. Rajoy y su partido han tirado literalmente por la borda su primer año en la oposición y ahora que empieza el nuevo curso deberán elegir entre insistir en esa estrategia demencial o corregirla. Es decir, han de optar entre dar un giro de 180 grados... o uno de 360 para colocarse de nuevo en el punto de partida. Un punto de partida delirante: practicar una oposición de derechas, sin matización de ningún tipo, para conseguir entrar en el electorado de centro que transfirió sus votos al PSOE. No cabe imaginar error más garrafal. También los populares de Galicia, que tratan ahora de reacomodarse en unos sillones más incómodos y menos numerosos -los de la oposición- tienen ante sí una evidente disyuntiva: u ofrecer al electorado aquello de lo que previsiblemente podría acabar por carecer el actual Gobierno del PSdeG y el BNG u ofertar todo lo contrario. ¿Cuál podría ser, llegado el caso, la mayor carencia de quienes ahora nos gobiernan? Es fácil: la de la estabilidad -siempre en la cuerda floja en Gobiernos de coalición- y el liderazgo, por el que Pérez Touriño y Quintana mantendrán una competencia sin cuartel. Si las cosas le fueran mal al bipartito -lo que los populares no deberían dar nunca por supuesto, dado que depende también de que el PSdeG y el BNG pongan los medios para acertar o las trampas para errar- lo que el electorado gallego esperará será un PP unido y con un liderazgo sin fisuras. A nadie más que a los implicados en la pelea le interesan las luchas intestinas en el seno del PP. Pero si la sucesión de Fraga se tradujera en un partido roto y a la greña, hay algo que los dirigentes polulares, del primero al último, deberían tener claro: que, desde ese mismo momento, el margen de maniobra del gobierno de la Xunta crecerá como la espuma. La misma espuma que el PP necesitaría para apagar el gran incendio que se declararía, en tal caso, en su interior.