De los libros y el olvido

| ALFONSO DE LA VEGA |

OPINIÓN

REGRESA la feria del libro antiguo a los jardines coruñeses de Méndez Núñez. El libro antiguo tiene componentes diferentes del recién editado. Así, la huella del tiempo, el mundo de las emociones y sentimientos que han podido quedar tan impresas como las letras o grabados en sus páginas. En ocasiones, las dedicatorias sugieren mundos de amistad, amor o deseo, de una plenitud arrojada al abismo del olvido, salvo por los libros en las que están, convertidos en una suerte de lápidas móviles. A veces, piadosas manos que más bien resultan sacrílegas han tachado los nombres y ex libris de los antiguos propietarios, a los que se le priva del homenaje póstumo de que su nombre vaya asociado al de quizás algún gran maestro de la humanidad y que son testimonio de su gusto o sensibilidad. Si la búsqueda de libros raros o antiguos es toda una aventura en el finis africae de la inconsciencia, los libreros de viejo constituyen una clase especial dentro del gremio que pueden servir de guías no menos eficaces que la de Virgilio para Dante en el complicado laberinto de títulos y anaqueles repletos. Suele ser muy agradable y enriquecedor frecuentar su conversación, en la que sus peripecias personales se asocian a las de sus libros, algunos auténticos tesoros, legado de un mundo pasado en que quizás el libro era más una necesidad espiritual que una mercancía objeto de comercio y de obsolescencia programada. Así lo veía mi amigo Rafael Molina, fallecido ha poco, con el que daba gusto hablar de literatura o de los siempre renovados esperpentos de actualidad política española. Pero, aun desde la nostalgia de la desaparición de gentes o tiempos queridos, demos una nueva oportunidad de ser útiles, de renovar su contribución a hacernos mejores y más libres, a los libros que aguardan serenamente a su nuevo propietario como la vieja arpa olvidada y polvorienta de Bécquer.