MI PRIMER encuentro con la Constitución Española fue a través de aquel librito de llamativo color amarillo repartido a todas las familias españolas para su lectura antes de que tuviera lugar el referéndum de diciembre de 1978. No sería hasta ocho años más tarde que me reencontraría con ella, esta vez, como norma base para mis estudios universitarios. Fue entonces cuando tomé conciencia del difícil equilibrio que tuvo que alcanzarse para lograr el consenso de todas las fuerzas políticas sobre el texto, la trascendencia del mismo y la influencia que ha tenido y tiene en todos y cada uno de nuestros actos. Veinte años después, sigo con interés el proceso constituyente de un país sumido en una situación todavía más complicada que la de España de 1978. Tras casi cuatro décadas de dictadura de un partido único y de masacres continuas, el nuevo Irak intenta sobrevivir al baño de sangre y a la inseguridad que desde hace dos años provocan los atentados terroristas. Mientras, los iraquíes observan con atención cómo su primer gobierno democrático se esfuerza por consensuar el borrador de su futura Carta Magna. La compleja y compartimentada estructura social que divide al país en dos grandes etnias: la de los árabes y los kurdos, y en dos grandes tendencias religiosas, los suníes, más moderados y aperturistas y, los chiíes, más conservadores, no han facilitado la negociación, obligando a su presentación sin un acuerdo total. El borrador de Constitución que define a Irak como un país republicano, parlamentario, democrático y federal, que reconoce al Islam como una de las fuentes de la legislación y que otorga el 25% de los escaños del Parlamento a las mujeres, no satisface al Partido Islámico que representa a los suníes. No lo hace porque ellos no han intervenido de forma decisiva en su redacción, temen la posibilidad de un Estado federal que dará más empuje aún a las prósperas provincias kurdas y rechazan la idea de perder el control sobre el petróleo. Pero sobre todo, no les satisface porque aceptar que, en democracia, la mayoría manda es muy difícil para quien, en minoría, lo ha hecho desde hace siglos sin contar con los demás.