El carrizo

CÉSAR CASAL GONZÁLEZ

OPINIÓN

21 ago 2005 . Actualizado a las 07:00 h.

TENÍAS ojos de niño y trasgo. Te fuiste más allá de Pekín, donde el sol le pone nombre a un imperio. Llevabas los pies desnudos sobre arena negra, con el olor del incienso en la nariz. El cuarto del hotel tenía una ventana que batía. Bebías té amargo a sorbos. El primer té se tiraba sobre las tazas para ahuyentar a los malos espíritus. A veces, escribes poemas en gallego para amar las palabras. Pisas o veludo das súas vocais e deitaste coas amoras das súas consoantes. El gallego es un milagro que estalla en el cielo de la boca como un fantasma que, al final, vuelve a casa. Tardas un diccionario en retocar o verde das follas, pero te gusta. La chica que te atendió en el Gadis hablaba gallego. Otra chica, rubia y fría como una cerveza, que tomó tu nombre en la guardería, cantaba en gallego. El idioma no está muerto. Es tan especial: escuma que danza nunha furna. Cuando estuviste más allá de Pekín, hablabas gallego para fardar do teu recuncho de palabras propias. Te confiesas en el latín de tus bisabuelos y de Alfonso X. Retornas al pasado. Berras, como una venganza. Rastreas verbos entre los estragos del Cid Campeador. Pones un ancla en la armónica del carrizo. O galego: paxaro cantor que aniña na humildade. cesar.casal@lavoz.es