ERAN soldados profesionales que sabían el riesgo y los peligros que implicaba la misión que debían ejecutar en Afganistán. Conocían el terreno en el cual tendrían que operar, uno de los espacios más atormentados de la tierra, no sólo por su geología montañosa, sino también por su atraso medieval. Después de la caída del régimen extremista de los talibanes, donde se esclavizaba a las mujeres -por decir algo-, se formaron grupos de guerrilleros fuertemente armados en los que Bin Laden consiguió un espacio de liderazgo entre quienes se consideran defensores islamistas. Por el contrario, Afganistán tiene ahora un régimen político con un Gobierno reconocido internacionalmente. En la capital, Kabul, ha vuelto la vida propia de aquella región y los ciudadanos pueden ir a la escuela o al cine, funciona la televisión y se pueden comprar periódicos en un ambiente de normalidad. Pero este Gobierno legal, fruto de unas elecciones de hace un año -donde estuvieron tropas españolas para asegurar un ambiente de libertad-, no es capaz de controlar todo el territorio afgano. Los señores de la guerra, basados en la fuerza que les proporciona el cultivo del opio, usan su autoridad independiente del Gobierno de la nación. El mes que viene se van a celebrar elecciones al Parlamento. Para que puedan realizarse con garantías solicitaron la presencia de fuerzas internacionales y España, lo mismo que otros países, accedió a esta petición y envió un contingente militar para facilitar un clima en el cual los afganos puedan votar libremente a sus dirigentes. Por ello los soldados españoles han dado sus vidas, haciendo honor al compromiso militar de acudir a donde se les mande, aunque signifique asumir riesgos extremos en tierras lejanas. Su sacrificio no es estéril y todos les debemos nuestro agradecimiento.