Centralismo irredento

| J. RAMÓN PARADA |

OPINIÓN

20 ago 2005 . Actualizado a las 07:00 h.

EL REFERÉNDUM celebrado en Portugal en que el pueblo portugués rechazó la descentralización política y administrativa y la creación de regiones a modo de comunidades autónomas, abrazándose de nuevo al centralismo jacobino de su modernidad constitucional, me hizo recordar, en su día, una sesión académica en la Universidad Autónoma de Barcelona. Presidía el acto de defensa de una buena tesis sobre el régimen jurídico de la ordenación portuaria que planteaba la tensión competencial entre el municipio y las administraciones superiores y en mi turno de observaciones me interrogué públicamente por las razones últimas de mi incurable centralismo, que me lleva indefectiblemente a fiar más del Estado que de la comunidad autónoma, y de ésta más que de los municipios, como bien saben, y soportan con cristiana resignación, mis amigos y discípulos catalanes, desde una cortesía y un liberalismo que eran entonces para mí el hecho diferencial catalán más significativo y apreciable; una actitud de respeto al prójimo y sus opiniones tan difícil de encontrar en otros pagos de esta bronca España, sobre todo en territorio de boinas rojas, donde lo normal es que, si disientes, de entrada te excomulguen por tu mala cabeza, que, si insistes en el error, ya llegarán los de la vanguardia, el brazo secular, a descerrajarla con la parabellum de nueve milímetros, siguiendo la infalible estrategia de su rechulo teólogo: «Unos predicar, otros discutir, otros arrear, todos coger nueces». Hasta este acto académico creía yo que mi opción por el centralismo, esa despreciable doctrina para una izquierda cada vez más ignorante de la Historia y de sus propias raíces, tenía una cierta base racional y que se debía a la herencia cultural de la Ilustración, a una cierta coherencia con la España constitucional y liberal que repudió derechos históricos y hechos diferenciales y, desde luego, a las prédicas de mis ancestros, los administrativistas liberales: Javier de Burgos, Alejandro Oliván y, sobre todo, de don José Posada Herrera que lo tenía muy claro: «Aquí, cuando no copiamos a los franceses nos equivocamos». Reforzaba mi fe con ciertas dosis de cientificismo organizativo, el que ilustran las organizaciones privadas más eficientes, las multinacionales, obedientes a la lógica de las economías de escala en un mundo de comunicación instantánea donde no tiene sentido la más mínima veleidad descentralizadora, y que actúan, como los organismos públicos, sobre poblaciones móviles, trashumantes, en las que se diluye el patriotismo local por falta de identificación con un concreto territorio y, en fin, pensaba yo que los sistemas de descentralización que favorecen a los poderes locales son necesariamente más complicados que los sistemas centrales y unitarios, más costosos en tiempo, dinero y personal, provocan la desigualdad jurídica y social, reducen o anulan la responsabilidad política, favorecen la creación de bestias negras y los conflictos entre autoridades; y todo ello ante la perplejidad y la impotencia de los ciudadanos, perdidos en esta nueva medievalización del sector público, en feliz expresión de Alain Ming. En definitiva, que por este camino de la indefinida descentralización nos espera un sector público cada vez más atomizado, débil, ineficiente pero más costoso cada vez, y un sector privado poderosísimo, precisamente por su centralismo radical, hasta la globalización. Y entretanto la izquierda sacando pecho de autonomista en competencia con los herederos del carlismo foralista. Pero ¡quiá!, nada de razones. Al reflexionar en aquel acto académico sobre la espesa y dogmática adhesión que en todo el espectro político suscita la descentralización política y administrativa, se produjo en mí una súbita iluminación y comprendo que eso de no creer en las virtudes milagrosas de la autonomía, regional, provincial, municipal, universitaria o institucional, no debe ser cosa de argumentos mejores o peores, sino consecuencia de alguna malformación o trauma infantil no superado. Y ciertamente allí, en aquella tesis que versaba sobre los puertos y las disputas competenciales para su control entre municipio, comunidad autónoma y Estado, encontré al fin la respuesta a mis aberrantes ideas centralistas y unitarias que se me aparecieron como causadas por una elección infantil entre un ayuntamiento y el Estado, elección a lo que habría sido forzado en muy temprana edad por haber nacido, y pasado mi infancia, en el número 12, piso 5º, de la plaza de María Pita de La Coruña, una vivienda ambivalente, con doble cara, municipal una, estatal otra. Mientras la fachada de poniente daba frente por frente al palacio consistorial, la del naciente y mediodía, por cuya blanca galería entraba el sol, se abría a la avenida de la Marina y ofrecía, en primerísimo plano, la hermosa vista del puerto y la bahía y el deambular de los tranvías de diversos colores que allí mismo, Puerta Real, llegaban, cambiaban el trole y arrancaban aproados a Sada o a Monelos. A lo lejos, la playa de Santa Cristina. En los muelles y la bahía, la indiscutible y segura presencia del Estado: Comandancia de Marina; Aduana, Correos, Junta de Obras del Puerto y castillo de San Antón. Algo más allá, subiendo por el Parrote, Europa: la puerta por la que entraba y salía el emperador Carlos V y el romántico jardín de San Carlos, mausoleo del general Sir John Moore, muerto en la protección del embarque del Ejército inglés frente al mariscal Soult. En los muros versos de Rosalía al héroe romántico: «¡Cuán lonxe, cánto, d'as oscuras niebras, d'os verdes pinos, d'as ferventes olas qu'o nacer viron!... D'os paternos lares, d'o ceo d'a patria qu'o alumou mimoso, d'os sitios ¡ay!, d'o seu querer, ¡qué lexos viu a caer, baixo enemigo golpe pra nunca mais se levantar, coitado! Morrer asím en extrangeiras prayas, morrer tan mozo, abandonal-a vida non farto ainda de vivir, ansiando gustar d'a froita que coidar houbera. Y en vez d'as ponlas d'o loureiro altivo, que d'heroe a testa varonil coroan, baixar a tomba silenciosa e muda!»; y cortesía militar europea: la proclama del duque de Wellington al ejército angloespañol, tras la victoria de San Marcial, el 31 de agosto de 1813: «Guerreros del mundo civilizado, aprended a serlo de los individuos del 4º Ejército que tengo la dicha de mandar. Cada soldado de él merece con más justo motivo que yo el bastón que empuño. Todos somos testigos de un valor desconocido hasta ahora. Españoles: imitar a los inimitables gallegos». El territorio infantil llegaba sin peligro al muelle, donde sentados al borde, con las piernas colgando sobre el agua -sedal, corcho y anzuelo-, pescábamos panchitos, mientras regateaban las velas blancas de los snipes y el trasatlántico Marqués de Comillas , lágrimas de emigrantes y pañuelos al viento, surcaba la bahía rumbo a América (Rosalía otra vez: «Adios rios, adios, fontes, adios regatos pequenos, adios vista dos meus ollos, non sei cando nos veremos (....). ¡Adios tamén queridiña! Adios por sempre quizais, digoche este adios chorando dende a beiriña do mar»). El puerto era España, Europa, América y el mundo entero que entraba y salía por él; un mundo que se encogía cuando la lluvia y el viento arreciaban y nos refugiábamos en los soportales de la plaza de María Pita sin más horizonte que el Ayuntamiento y, una y otra vez, la vanidad municipal de su fachada: «Palacio Consistorial de la muy noble y leal ciudad de La Coruña, cabeza, guarda y llave, fuerza y antemural del Reino de Galicia». Desde esa privilegiada infancia, dividida entre un maravilloso puerto estatal y una pretenciosa casa consistorial, mi preferencia por el Estado quedó marcada, como lo está en general nuestro carácter por las emociones y placeres de la niñez. Mis convicciones centralistas y unitarias, así lo acabé reconociendo en la Universidad Autónoma de Barcelona, quizás no se debieran tanto a la influencia del pensamiento Ilustrado, a la admiración por el esfuerzo histórico que supuso salir de la Monarquía absoluta y al coraje con que los liberales constitucionalistas se enfrentaron a las pretensiones diferenciadoras o forales de los facciosos carlistas, los nacionalistas periféricos del siglo XIX, ni al convencimiento sobre el alto grado de eficiencia y eficacia de las organizaciones centralizadas y unitarias en el sector privado y en el público, sino, más sencillamente a que en el puerto de La Coruña, territorio estatal, abierto al mundo entero, y en mucha mayor medida que en la plaza municipal de María Pita, se concentró la felicidad de mi infancia. El centralismo se me habría impuesto desde entonces como se imponen los días de sol sobre la lluvia, y por ello, y así lo dije, entre el municipio y la comunidad autónoma mi lealtad será para ésta, a la que dejará sin dudarlo si entra en conflicto con España y su Estado, y a éste y aquélla por Europa y su Unión, y así sucesivamente. En otros palabras: jacobinisno irredento; la misma enfermedad padecen en Portugal.