SIGO LEYENDO las noticias de las pateras que llegan a nuestro país con el mismo asombro con que leí sobre la primera, hace ya no sé cuánto tiempo. Y observo que el drama sigue, cada vez más intenso. Con barcos negreros atiborrados de subsaharianos que se dirigen a Canarias o a la península. ¿He dicho barcos? Las mafias que trafican con los inmigrantes usan desechos de las flotas rusa, china o coreana abandonados en países africanos. Los reconvierten apenas para el transporte humano ¡y a la mar!, que es muchas veces a la muerte. Cuando los rescatan y traen a puerto, veo sus imágenes en televisión. En sus rostros de ébano percibo expresiones confiadas, y en su mirada abstraída apenas acierto a ver la huella de su tremendo sufrimiento para llegar al punto de retorno. Y entonces, pedantemente, pienso en los tormentos de Prometeo, Tántalo o Ixión. Ellos no los conocen, pero encarnan sus mitos, sufren la crueldad que ellos sufrieron, condenados a ir sin llegar, a repetir la misma travesía de dolor. Inexplicablemente, sin rendirse jamás. Para sorpresa de los propios dioses. Y para pasmo y tristeza de los humanos como yo, que no creemos que esto pueda estar sucediendo en el siglo XXI.