La lección moral de Hiroshima

| XOSÉ LUIS BARREIRO RIVAS |

OPINIÓN

HARRY S. Truman no era un asesino. Pero su acceso a la Casa Blanca se produjo en el justo momento en que la II Guerra Mundial entraba en fase de resolución. Por eso se vio obligado a afrontar la más grave decisión singular de la historia: echar mano del arsenal nuclear, y arrojar una bomba atómica sobre la población de Hiroshima. Los mandos del Pentágono habían puesto sobre su mesa de trabajo el frío cálculo de la guerra, hasta convencerle de que las masacres de Hiroshima y Nagasaki podían ahorrar muchas vidas y dar un final coherente, y políticamente explotable, al impresionante genocidio en que se había convertido la contienda contra el nazismo. Pero es evidente que aquel presidente inexperto, que apenas llevaba cuatro meses en el despacho oval, hubo de afrontar en solitario el más dramático dilema que cabe imaginar, al aceptar como algo lógico y natural que el bien de la patria y de la humanidad puede exigir la adopción de una decisión genocida, inmoral y aberrante. Las seis décadas transcurridas desde que el Enola Gay realizara su vuelo mortal sobre Hiroshima no han sido suficientes para desentrañar el problema moral que subyace en la decisión de Truman. Y, mientras unos lo ven como el hombre fuerte que asumió gravísimas responsabilidades al servicio de la humanidad y del Estado, otros lo consideran como el ejemplo más deleznable de la sumisión del poder a la lógica militar, y como el verdadero fundador del vigente materialismo ético, cuya esencia consiste en hablar mucho de la libertad y de los derechos humanos cuando no están amenazados, pero echar mano del más amplio abanico de excepciones y triquiñuelas tan pronto como se presenta la primera oportunidad. Pero hoy sabemos que el dilema moral de Truman -«lanzar la bomba o prolongar la guerra»- es falso, ya que su decisión del 6 de agosto de 1945 se produjo en un contexto que la despoja de lógica autónoma. En medio de la guerra no hay escala de grises para distinguir entre los genocidios de Hiroshima, Varsovia, Dresde o Rótterdam. Pero si estudiamos la lección con perspectiva histórica, es evidente que la base de todo genocidio está en la previa confusión entre la política y la guerra, o en la permanente manía de abocar la solución de los grandes problemas a la lógica de la violencia y a la ley del más fuerte. Las decisiones militares -en la Hiroshima de 1945 o en el Bagdad de 2005- tienen la plena y maldita lógica de lo ya inevitable. Pero antes de llegar ahí, hay hombres, pueblos, filosofías y religiones que tensaron la cuerda de la guerra. Y por eso ha llegado la hora de decir que toda política hecha con medios militares es un genocidio. Sin excepciones ni distingos.