ES INNEGABLE que el curso ha ido desembocando en una crispación política poco o nada deseable. Menos mal que han llegado las vacaciones. Porque no es buena tanta tensión política, ni es admisible la ausencia de un discurso que la explique y la combata. Se acepta como si fuese un fenómeno de la naturaleza, una tormenta o una sequía, pero no lo es, no es ésta su entraña. Lo que ocurre tiene explicación, y sería bueno que nuestros políticos recalasen en ella antes de que la ciudadanía se soliviante más. El primero de los males es que todo se politiza precipitadamente, desde un incendio forestal a un atasco de tráfico. Y aún peor: todo se ideologiza. Suceda lo que suceda, lo primero que se hace es subirse a la parra ideológica e intentar saltarle a la yugular al adversario político. Con lo cual, en vez de explicar lo acontecido y debatir la gestión, se desarrolla una extraña pendencia de ideas. Y así descarrilan muchas sesiones políticas, a veces alargadas estérilmente en comisiones que nada investigan y nada concluyen, porque sólo buscan rentabilidades para el propio bando. En este punto, es ilustrativa la perplejidad del ciudadano medio, que cree que sus representantes están para gestionar la cosa pública o para vigilar esa gestión. Le toca observar, con pasmo, que los problemas del alcantarillado, de la luz o del agua, no parecen tener con frecuencia una entidad suficiente para convertirse en asuntos políticos. En cambio, sí figuran como cuestiones políticas de primer rango los altercados parlamentarios y no parlamentarios, con las frases más gruesas convertidas en valores político-informativos de primera página. Que ésta es nuestra realidad actual se está viendo todavía con motivo del reciente incendio en Guadalajara. Y es que casi todo se ha politizado demasiado, desde la educación hasta los recursos hidráulicos, pasando por la gimnasia y la magnesia. Se ha entrado en el mal camino de un déficit de diálogo eficaz, con un exceso de descalificaciones e insultos. Y lo preocupante es que no se detecta una clara voluntad de rectificación. Más bien asoma la tendencia de reafirmarse cada uno en sus maneras y continuar tensionando la vida pública. Por eso escribí el pasado lunes en estas páginas sobre el «modelo gallego» de socialistas y nacionalistas. Puede aportar ejemplaridad en el ámbito de las relaciones políticas en la medida en que no parece abonado a la crispación ni al mitin ideológico. Mientras en el ámbito nacional se han acentuado impaciencias, tensiones y malestares, Galicia podría aportar la imagen de un cambio tranquilo e integrador, con predominio del debate de gestión sobre la porfía ideológico-partidista. Sería estimulante. Y es posible.