TODOS LOS grandes festivales internacionales de jazz le rinden este año tributo musical al gran Charlie Parker, Bird , en el 50 aniversario de su muerte. Es un reconocimiento justo y necesario, no en vano ha sido el más extraordinario saxo alto y el mejor improvisador de toda la historia del jazz. Gracias a él, cambió para siempre esta música en los años cuarenta del siglo pasado. Parker murió en Nueva York el 9 de marzo de 1955, cuatro días después de actuar en el club que le habían dedicado en el off-Broadway, el Birdland . Terminó tan destrozado por las drogas que, a pesar de fallecer a los 35 años, el parte médico describía su cadáver como el de un hombre que aparentaba sesenta. Al día siguiente, la ciudad se llenó de carteles que decían: «Bird lives». Expresaban un deseo. Pero ya no se referían a él, sino a su música. Porque ésta sí que seguía viva. Como lo sigue hoy. Art Blakey, el gran batería de jazz, me dijo un día: «Fue tan grande que todos aprendimos algo de él». Y así sigue siendo. Aunque en lo personal siga encarnando la triste historia de un drogadicto, como le reprochó en más de una ocasión su crítico amigo Dizzy Gillespie, el indomable trompetista que supo separar el jazz de las drogas. Esa carrera en la que fracasó Bird.