NO SABÍA yo a qué jugaba la ministra de Fomento con el Plan Galicia, ni parecían saberlo muy bien los socialistas gallegos, que hace pocos meses aún compartían perplejidades. Eran aquellos tiempos en los que doña Magdalena Álvarez nos decía que el Plan Galicia no existía antes de la llegada de Zapatero al poder y, para probarlo, se dedicaba a suspender licitaciones hechas con anterioridad. ¿Se entendía algo? Lo menos que cabía decir era lo que muchos pensábamos: que así tejía y destejía Penélope su Plan Ulises, sin más horizonte que el de ganar tiempo. Un juego lamentable, porque al final sólo quedaría la conciencia de un nuevo agravio y de una gran torpeza política. Retrasar el Plan Galicia era condenar al atraso a una comunidad necesitada. Así de simple. Pero llegó el Consejo de Ministros del pasado día 8 y el Plan Galicia renació íntegro, con el respaldo y la aprobación del Gobierno. Y yo he tardado en reaccionar y hacer acopio de fe, porque lo ocurrido significa que lo anterior fue una pesadilla o un malentendido y que en realidad todo camina hacia una solución satisfactoria. ¿Estamos quizá ante uno de esos milagros modernos que se producen muy ocasionalmente y que tienen la virtud de reconciliarnos con la política y regenerar la esperanza de los ciudadanos? Si es así, si todo esto no es un espejismo, yo retiro con gran satisfacción todos mis recelos sobre la labor de la ministra de Fomento. ¡Faltaría más! Porque yo pertenezco a ese pelotón de gallegos que creen en el Plan Galicia, no sólo como un programa de infraestructuras, sino como un anhelo de progreso enraizado en nuestro subconsciente colectivo. Por eso dije en este diario, hace casi un año, que satisfacía también «una deuda histórica en la medida en que es un instrumento de equiparación (...), y contribuye a la vertebración general del Estado. No entenderlo así sería un craso error, y sumaría una frustración imperdonable a una comunidad que, como escribió Claudio Sánchez Albornoz, ya lleva veinte mil años a la defensiva». Le pedía entonces a la ministra que revisase sus papeles y no nos confundiese más. Lo ha hecho. Ahora toca cumplir los compromisos. Sin rebajas ni olvidos. ¡Que lo veamos!