EN TODOS los puertos de Galicia, o casi, hay una Virgen del Carmen mirando al mar con ojos atentos y ademán protector, casi preocupado. Son imágenes de tamaños y calidades muy variados, casi siempre de piedra. En algunas han cincelado el viento entre los cabellos o en las ondulaciones de los vestidos. A veces no están en el mismo puerto, sino retrepadas en una colina próxima que lo domina o en un cabo, solas, adelantadas. Esas imágenes han escuchado muchas salves marineras, muchas sirenas que las saludaban al marchar o al volver a puerto, muchas oraciones que imploraban retornos ansiados o imposibles resurrecciones. Sus réplicas están siendo paseadas por alfombras florales en nuestros pueblos marineros, las suben luego a los barcos para darles un día de fiesta en el mar, las abruman de pétalos y piropos, de cantos y conciertos de sirenas. Una tradición que permite palpar la delicadeza y la ternura de niños con las que tantos hombres supuestamente duros tratan a su Virgen del Carmen. Buena parte de las familias gallegas festejan en sus mujeres la bendición de un nombre tan gallego -Carmen, Carmiña, Carmela- que empieza a escasear entre las chicas. Felicidades. psanchez@udc.es