YA PODEMOS decir que un hombre metrosexual se fue en un coche tecnosexual a hacer turismo sexual en uno de esos paraísos sexuales que se anuncian por ahí. Pero tan reiterada referencia sexual se hace sospechosa. Ya lo advierte el refrán: «Dime de qué presumes y te diré de qué careces». Tanta insistencia explícita parece incluir (que no ocultar) una devaluación clara del sexo entendido como algo natural y propio de personas, animales y plantas. Su mitificación por los humanos no eleva su condición ni la mejora. Tanta sexualidad de anuncio sólo mixtifica y pervierte, porque -y vuelvo al sabio refranero- siempre «lo gozado vale menos que lo imaginado». Y en éstas estamos, sepultados bajo toneladas de anuncios que nos lo prometen todo a cambio de que desdeñemos lo real, para apuntarnos a fantasías ajenas que, paradójicamente, significan una hipertrofia o anulación de la fantasía propia. Porque nuestra imaginación puede ser excitada desde fuera -y lo es todos los días-, pero no debe perecer en la irracionalidad. El biólogo Ambrosio García Gual sostiene que somos monos con hiperactividad sexual. Quizá deberíamos felicitarnos por ello... y aprender a defendernos de una publicidad que enfatiza y utiliza esta realidad para captarnos y someternos.