Ronda con Rilke

OPINIÓN

UNA CIUDAD suena con los rugidos del tráfico o los ecos metahistóricos de sus campanas. Huele a azahar, a pan, a detritus o a nada, es decir, a contaminación. Ofrece paisajes y perfiles visuales que pueden ser bellos o deteriorados. Incluso sabe a mar o a campo, y su tacto se aprecia al tocar los diferentes materiales de que está hecha. Esta ciudad de los sentidos es la misma que la del intelecto, cuando se asocia a la cultura y a la historia; la primera se percibe de forma natural, la segunda necesita esfuerzo. Ronda es una ciudad espectacular colgada en la cima de un tajo de cien metros, por cuyas entrañas discurre el Guadalevín convertido por la sequía y la falta de saneamiento en un cauce de aguas residuales; es el oxímoron de la belleza maloliente. Por suerte, parece que las administraciones están en proceso de remediarlo. Ronda está con Rilke desde 1913. Escribo al lado de su elegante efigie sobre el tajo, entre jardines, en una figura un tanto desafiante, como si aún tuviera algo que decirnos. A veces esa adhesión entre un lugar y un personaje se va deformando hasta ser irreconocible. El consumo y el turismo la banalizan. Quién le diría al poeta que iba a acabar dando nombre a una inmobiliaria y a una autoescuela. Un seminario sobre música y ecologismo sonoro fue la ocasión para que músicos, filósofos, físicos, arquitectos, nos reuniésemos a reflexionar en torno a la contaminación acústica, es decir, los sonidos molestos producidos por la construcción y gestión de la ciudad, por las emisiones de nuestro habitar, nuestros gritos y susurros, por el acoso de esas músicas impertinentes que nos envuelven en aviones, aeropuertos, centros comerciales y esperas telefónicas. El paisaje sonoro ha ido cambiando radicalmente desde el industrialismo, y en las aglomeraciones urbanas de nuestros días resulta tan complejo como indescifrable. El ruido y el silencio han sido motivo de especulación intelectual. Entre la huida idílica del bullicio mundano y los postulados de MacLuhan, que ve en el ruido una señal ineludible de progreso, Schopenhauer pone en proporción inversa la cantidad de ruido que uno puede soportar a su capacidad mental. No cabe adoptar una posición elitista frente a este tema, pues todos somos emisores desde que nacemos hasta que morimos, y el fragor es consustancial al proceso de urbanización; pero tampoco debemos restarle importancia, ya que su exceso divide a la ciudadanía y destroza nuestra calidad auditiva y, por ende, relacional. En esta sociedad individualista estamos obligados a convivir cada día aproximando nuestros pasos en dirección coincidente: padres e hijos, autóctonos e inmigrantes, entre las clases sociales... La razón es clara: la ciudad es un lugar de disfrute, pero al mismo tiempo hay que acostumbrarse a soportar sus consecuencias. El paisaje sonoro debe ser un elemento esencial de la praxis urbanística, de forma que el impacto del ruido se corrija con el diseño adecuado de la topografía. Pero el fondo de la cuestión es otro. El cambio climático, el destrozo territorial y la contaminación sonora, producida fundamentalmente por el tráfico, tendrán que ser abordados con medidas drásticas. Lo veremos, porque la situación es acuciante y la poderosa economía ya empieza a reclamarlo. Lo que no sabemos es cuándo.