CUANDO todavía no han transcurrido ni dieciocho meses desde el terrible atentado del 11 de marzo en Madrid y nos acercamos al cuarto aniversario de los de EE. UU., la noticia de las bombas en varias estaciones de metro y en autobuses londinenses nos han estropeado lo que se anunciaba como un plácido día de verano. Cuando el refuerzo de seguridad en Escocia para proteger a los asistentes a la cumbre del G-8 mantenía extremadamente ocupada a la policía británica y muy interesados al resto del mundo, unos desalmados, salvo rectificación posterior pertenecientes a un grupo vinculado a Al Qaida, han convulsionado otra vez a Occidente al atacar varios puntos clave del transporte de Londres. Como era previsible, el colapso del centro de la City ha provocado la paralización de su actividad pero, aún siendo grave esta circunstancia, lo pavoroso es la constatación, una vez más, de nuestra manifiesta vulnerabilidad, a pesar de todas las medidas de seguridad que se han implementado. La facilidad con la que unos desalmados han podido introducirse en los túneles entre estaciones para colocar bombas y matar y herir a personas inocentes nos recuerda que poco podemos hacer para blindar nuestras privilegiadas sociedades avanzadas. Un golpe estratégicamente dado en los medios de transporte es capaz no sólo de frenar el normal desarrollo de un día laborable sino de causar un gran dolor a mucha gente. Pese a las detenciones, el esfuerzo investigador y los discursos conminatorios, la amenaza terrorista de corte islámico sigue viva y operativa. Algo estamos haciendo mal cuando no somos capaces ni de frenar sus actuaciones, ni de reducir su supuesta justificación moral, y mucho menos de prevenir sus ataques. Parece evidente que, como araña que es capaz de tejer una gran red en silencio y sin que nadie la detecte, a la trama terrorista no basta con romperle algunos hilos para desarmarla. Debemos acabar con su nido, y nunca, nunca bajar la guardia.