Un poeta


MURIÓ, el otro día, Eugénio de Andrade (Póvoa de Atalaia, 1923-Porto, 2005), poeta. Se secó otra flor rara. Sientes la huella de la tristeza en el pecho, como una lata. Lees un poema de Andrade sobre el viento, imposible poeta luso del mediterráneo. La tarde muere en la mañana como el Duero en el Atlántico. En Porto está su fundación. Sus poemas huelen de noche como el jazmin. Amaba a los hombres. Escribía el verso secando las palabras hasta tocar hueso. Escribía «di hombre, di niño, di estrella». Esperaba por una frase como un conquistador sabio busca un horizonte. Era un contemplador. Su madre fue su madre y fue todo. Murió anciano, con la tierra y la luz de su pueblo del sur, a manos llenas, en los bolsillos. Sabía que los amigos se apagan como las estrellas. Tan distinto a Pessoa y tan parecido al Valente de pocas palabras. Tan San Juan de la Cruz, llama del amor viva. Nació José Fontainhas y murió Eugénio de Andrade, como se nace oruga y se muere mariposa. Pueden leerlo, por ejemplo, en Material solar (Círculo de Lectores). En su elogio han coincidido Lobo Antunes y el Nobel Saramago. De abuela española, era trovador de cantigas. Nunca se sacó de los ojos los cielos azules de la infancia.cesar.casal@lavoz.es

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